Niños con discapacidad o neurodivergencia buscan terapias fuera de Ucrania

La invasión rusa, y la guerra que detonó en Ucrania, ha provocado que miles de habitantes de ese país emigraran en busca de paz y herramientas, como terapia, para tratar su discapacidad.

Un año después de haber huido de Ucrania hacia Hungría, Iryna Bryk todavía no ha conseguido una terapia adecuada para Roman, su hijo con autismo de nueve años.

“Sólo hablan húngaro en las instituciones públicas y hay pocos sitios”, dice la profesora de 31 años, procedente de Cherkasy, en el centro de Ucrania, en una entrevista con la agencia francesa AFP.

Su familia no es la única con este problema.

Alrededor del 12 por ciento de las familias que huyeron de Ucrania debido a la guerra tienen un miembro con discapacidad, según un sondeo reciente de la Agencia de la ONU para Refugiados (ACNUR).

Muchos niños ucranianos con discapacidad fueron evacuados al principio de la guerra, según el Foro de Discapacidad Europeo. Los trabajadores sanitarios alertan que el desplazamiento forzado empeora las discapacidades existentes, además de crear complicaciones para adaptarse al nuevo entorno.

“El tiempo es crucial”

A Roman le diagnosticaron autismo a los cuatro años. Se comunica sólo a través de expresiones faciales y gestos con las manos.

“Con la terapia adecuada, sé que va a hablar algún día. Pero para los niños con autismo y otros trastornos, el tiempo es crucial”, explica Iryna, mientras observa cómo su hijo juega en silencio con unos juguetes en la mesa de la cocina de su apartamento en Budapest.

En Ucrania, Roman acudía a un centro que se enfocaba en la interacción con otros. Ahora la madre se encarga de hacerle practicar algunas actividades de desarrollo en la casa. 

Durante el día, acompaña a su madre a su trabajo en una organización benéfica, donde enseña a refugiados ucranianos en edad preescolar.

Iryna explica que dejó Ucrania para que su hijo no quedara traumatizado.

“Mi mayor miedo cuando hubo la invasión era imaginar su reacción si veía tanques rusos disparando”,

explica.

Cientos de niños ucranianos con dificultades de desarrollo se trasladaron a Hungría desde la invasión, según la terapista del lenguaje Olena Andriichuk. Ella, también refugiada, dirigía una escuela de secundaria en Kiev donde acudían 87 alumnos con necesidades especiales.

Ahora, la mujer de 42 años planea lanzar un programa de terapia de autoayuda para los niños refugiados de forma que reciban a tiempo la atención adecuada.

“No pueden adaptarse en las escuelas locales debido a sus trastornos y al desconocimiento del idioma”, explica Andriichuk en Budapest durante una reunión para lanzar el proyecto.

Hasta ahora, una cuarentena de familias de refugiados ucranianos expresaron su interés en unirse al programa, que busca donaciones benéficas para financiar la contratación de especialistas.

Una de las interesadas es la refugiada Yuliia Stavytska. Su hija Daryna, de seis años, tiene alalia sensoriomotora, un trastorno del lenguaje.

“La guerra significa que se perdió tiempo de desarrollo con especialistas”, dice esta estilista de 26 años durante una sesión privada de logopedia con Andriichuk.

Más adelante, el proyecto confía en enviar actualizaciones sobre el desarrollo de los niños refugiados a las autoridades sanitarias en Kiev.

“Cuando se marcharon de Ucrania, desaparecieron del radar. En última instancia, nuestro objetivo es ayudar a los padres refugiados a estar más tranquilos sobre las posibilidades en la vida de sus hijos”, asegura la especialista.

“Las mismas oportunidades”

En Polonia, que acoge un número de refugiados mucho mayor que Hungría, la barrera idiomática y el acceso a la terapia también son desafíos para las personas con discapacidad.

La Fundación Patchwork, gestionada en Cracovia por un grupo de madres migrantes de niños con discapacidad, trabaja en colaboración con organizaciones polacas para ayudar a más de 180 familias de refugiados ucranianos a integrarse y tener acceso a tratamientos.

En 2014, la cofundadora del grupo, Khrystyna Rudenko, de 50 años, se marchó de Ucrania a Alemania antes de instalarse en Polonia.

Con la ayuda de especialistas polacos, su hija Sonia, de 20 años, que sufre de parálisis cerebral y epilepsia, aprendió a comer sin ayuda en unos meses.

“Quiero que las familias de refugiados ucranianos tengan las mismas oportunidades”, dice.

Pero la alta demanda de plazas en programas en centros estatales y municipales ha provocado largas listas de espera, dice Rudenko.

“La mayoría decide quedarse e integrarse”, pero “muchas familias están volviendo a sus casas aunque haya bombardeos diarios en Kiev, puesto que sencillamente no hay suficiente ayuda disponible y echan de menos sus casas, sus amigos y su familia”, afirma.

Por Redacción Yo También | Imagen de Heuters | Serhii Hudak

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