Fotografía con efecto crom del rostro de Katia D’Artigues.
Editorial

Un año de encierro e indiferencia

La pandemia por COVID-19 puso una lupa sobre la falta de políticas públicas y apoyo para las personas con discapacidad.

Por Katia D’Artigues 

Esta semana, hace un año, la vida en México cambió. De un día para otro, los niños y las niñas dejaron de ir a clases. Nos pidieron que nos quedáramos en casa para evitar contagiarnos del virus SARS-CoV-2 que provoca la COVID; la OMS declaró la emergencia epidemiológica mundial. Comenzaron los informes diarios de Hugo López-Gatell por las tardes. 

También comenzó la clara invisibilidad de las personas con discapacidad en la pandemia. Si hubo Lengua de Señas Mexicana (LSM) en las conferencias de la tarde fue por un amparo que interpuso la comunidad sorda. La secretaría de Salud al principio no tenía ni idea de que se necesitaba información en formatos accesibles. Si ahora existe un micrositio con información accesible fue también gracias a la presión y el apoyo de la sociedad civil. Pero no es lo que la muy grande comunidad de personas con discapacidad merece. Deberían tener acceso a toda la información.

Los medios en general tampoco han estado a la altura, lamento decirlo. Hay muy pocos programas informativos que tengan LSM o que contemplen, por ejemplo, que a las personas ciegas hay que describirles las imágenes y los gráficos. En Yo También, gracias al apoyo de Comexus, hicimos durante dos meses pequeñas cápsulas 100% accesibles que fueron reproducidas 84 millones de veces. Mercado y necesidad hay; falta conciencia de la información para todos y todas.

Los y las estudiantes con discapacidad están en un limbo. No tenemos datos de deserción escolar y sólo podemos suponer que será muy alta. Si a las personas sin discapacidad se les complica seguir clases homogéneas por televisión a distancia, no ha habido una oferta clara para alumnos y alumnas con discapacidad. Hay familias que han decidido sacar a sus hijos e hijas de la escuela.

Si bien si hay un borrador de plan para cuando las personas con discapacidad regresen a la escuela, desde junio del año pasado, ahora ni se habla de eso. Si bien la SEP sí abrió un portal con información para maestros y padres, como siempre suele recaer en las familias hacer los ajustes razonables para que sus hijos e hijas estudien. 

Luego el relevo de Esteban Moctezuma, quien ahora es nuestro embajador en Washington, por Delfina Gómez nos tiene en la indefinición. ¿Alguien ha escuchado, siquiera la voz de la secretaria? Ni pío. 

El manejo de la pandemia, en México, ha sido desastroso. Ya es un lugar común decirlo, pero hay que subrayar que lo es más para personas con discapacidad que tienen menos acceso a la información que necesitan, que cuentan con menores apoyos, que han tenido claros retrocesos no solo en temas educativos, sino también de rehabilitación y desabasto de medicinas. Y tampoco están en la primera línea de vacunación junto con personas adultas mayores como en otros países. 

Luego está el hoyo negro de las cifras. Aquí sólo se pregunta edad y sexo, no más. Si bien sabemos, por datos de otros países, que ha habido un mayor porcentaje de personas con discapacidad contagiadas y muertas por la COVID-19 y ahora sabemos, que además corren más riesgos, no hay una priorización en vacunas para ellos y ellas. Y aunque la secretaría de Salud prometió priorizar, no lo ha hecho. Incluso aceptan, como lo hizo Ricardo Cortés Alcalá, que “están en pañales” en el tema. 

Sabemos que las mujeres viven más violencia en la pandemia. Que incluso muchas están encerradas con sus agresores; también sabemos que las mujeres con discapacidad viven hasta 10 veces más violencia que sus pares sin discapacidad, que se les cree menos cuando denuncian… sin embargo, una reforma a los centros de justicia para las mujeres, que se votó ya en la Cámara de diputados y ahora está en el Senado, no contempla, siquiera, accesibilidad. Esperemos que eso cambie. 

Y todo esto paradójicamente cuando sabemos, este año, que la proporción de personas con algún tipo de limitación o discapacidad es la mayor que ha reportado el INEGI en la historia en el reciente Censo 2020. 

Veintiún millones de personas en México, más sus familias (porque además la discapacidad es algo que afecta a toda la familia), viven con alguna limitación. Y eso que, según nos dijo el director general de Estadísticas Sociodemográficas, Edgar Vielma, en esta entrevista, el número podría ser hasta mayor porque muchas personas aún sienten un estigma al declarar que tienen una discapacidad o bien no saben que viven con una. 

COVID no solo es una enfermedad, es una lupa. Y llegó hace exactamente un año para ampliar el enorme vacío de políticas, soluciones, apoyos y conocimiento que tienen aquellas personas que viven con alguna discapacidad.