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El bullying en primera persona: a mí me pasó

Niño anónimo que sufre bullying se encuentra en la sombra viendo a sus compañeros jugar.

Siete historias de personas que tuvieron que hacer frente al acoso escolar, algunas veces por parte de compañeros y otras por los propios docentes.

La discapacidad intelectual muchas veces dificulta a los niños explicar lo que les sucede.


Si hay algo que caracteriza al acoso escolar es que es difícil de comprobar y duro de denunciar por parte de quien es agredido. Y eso se maximiza cuando quien vive una situación de bullying vive con discapacidad intelectual y debe sortear muchas veces dificultades de comunicación para explicar lo que están viviendo. 

Es importante en primer lugar definir qué es acoso. Se trata de una intención de hacer daño de manera intencional, deliberada y continuada. Además debe existir un desequilibrio de poder entre el acosador y el acosado, que se siente inferior al otro y que ve cómo la situación de acoso afecta seriamente a su autoestima. 

Las agresiones más frecuentes son insultos, burlas, apodos, empujones, golpes, aislamiento o provocaciones.

¿Cómo detectar que un niño es víctima de maltrato?

“Se presentan muchos síntomas de ansiedad: desde que nos digan por la mañana que les duele la cabeza (dolores somáticos), llegando incluso a vomitar, a que experimenten cambios de hábitos, como que no quieran ir al colegio o que insistan en que se los acompañe”,

explica la psicóloga infantil española, Silvia Álava.

La Asociación Familias Extraordinarias, que da apoyo emocional e información a padres de hijos con discapacidad intelectual, nos ayudó a recopilar historias reales de acoso en escuelas públicas y privadas.  En muchos casos el maltrato no es entre pares sino por parte de los maestros o de los directivos de las escuelas. No siempre se toman de manera seria las denuncias de acoso y muchos padres deciden cambiar de escuela antes de tratar de que cambie la dinámica violenta que vivieron sus hijos:  

“Tomé la decisión de sacarlo de la escuela”

Yolanda Romero, mamá de Kevin.

Lamentablemente mi hijo sí sufrió de bullying por parte de unos compañeros y del propio maestro. Le tocó en este último año (aún me da coraje) y yo esperaba que el maestro tuviera una buena actitud pero no fue así. 

Kevin tiene 17 años y se acaba de graduar de la secundaria en un Centro de Atención Múltiple (CAM), en un salón donde hay alumnos con diferentes condiciones de entre 14 y 18 años. 

Lo agredían física y verbalmente. Esto pasaba desde que estaba en primaria, pero al no poder estar con él se limitaban. Su maestro siempre se quejaba de que Kevin no sabía comportarse y que agredía a sus compañeros. Mi hijo no habla y lo poco que dice es ligeramente entendible. Su maestro me pedía que yo le hablara y le hiciera entender que debía comportarse bien o si tenía que hacer más deberes con él, que lo hiciera.

Así que me senté con él a platicar (yo le entiendo mucho mejor que nadie), Kevin me dijo que era a él a quien le pegan y le decían tonto y que el maestro no le hacía caso. Eso me llenó de enojo y frustración cuando vi con cuánto sentimiento y lágrimas me lo decía.

Le pedí que se defendiera por qué nadie tiene porque lastimarlo, y que si el maestro no le hacía caso, que le dijera a otro maestro. Pero si salía del salón, ese era otro motivo para llamarle la atención.

Me acerqué a hablar con el maestro y creo que sintió que lo estaba juzgando o ponía en duda su experiencia (yo no sabía que, encima, era psicopedagogo). Luego me acerqué a la directora y ella me dio solución -o me orientó con lo que pasaba-, pero al final, como seguía las agresiones y fue acusado por varios compañeros y el maestro, opté por ya no llevarlo las últimas dos semanas. Se perdió su foto grupal, ya que no nos avisaron y lo excluyeron. 

Si bien busqué resolverlo de la mejor forma sin ser explosiva, la verdad es que no funcionó y hasta el final del ciclo escolar siguió el bullying.

“Un amigo le pegaba y la obligaba a pegarle a otros compañeros”

Erika Correa, mamá de Ana Pau

Mi hija estudiaba en un colegio privado y tenía buenos amigos, sin embargo las maestras luego dejaban a los compañeros el papel de hacerle de maestro de Pau en lugar de ellas. 

Uno de los «mejores amigos de Pau» (y que ella quería mucho) la llevaba a un lugar «secreto» para decirle que tenía que pegarle a algunos compañeros si quería que siguieran siendo amigos y, a parte, ¡él mismo le pegaba a mi hija!

Obviamente Pau terminaba todos los días en la dirección señalada por las maestras y sobre todo por la directora que había entrado hace poco y por desgracia no tenía ni información ni ganas de saber el motivo por el cual mi hija estaba actuando agresivamente.

Así que solo la castigaban y me llamaban para que yo pasará por ella o no dejándola ir a una salida al zoológico. Yo cuando iba por ella, la veía sumamente triste y se rascaba o se jalaba el pelo. Pero lo que más me preocupaba eran los dibujos que estaba pintando: puras caras tristes en negro y tachadas.

Le comenté todo esto a su terapeuta e inmediatamente me dijo que algo estaba pasando en la escuela y que no quieren darse cuenta.

Me sugirió entregar un cuestionario para que respondieron sus compañeros y saber qué sentimientos tenían hacia mi hija. Pero esta propuesta fue negada, primero por la directora. Pero pude lograrlo al final gracias al salón de apoyo (sus maestras de trabajo uno a uno). 

Los resultados no los quisieron hablar conmigo, pero la mamá de otra compañera me contó todo lo que realmente le pasaba a Pau y las amenazas de su amigo. Cuando las encaré, ellas estaban muy apenadas pero el mal ya estaba hecho en el corazón y en la vida de Pau.

Si yo no hubiera estado tan al pendiente de mi hija jamás lo hubiera sabido. Y lo que hice es cambiarla de escuela -a dónde ahora el castigo sería no ir- ya que la diferencia es brutal. Es que cuando no hay empatía y hay ignorancia, en lugar de juzgar se debe de investigar algo que en aquella escuela ni se intentó.

“Hay niños con discapacidad que hacen bullying”

Anónimo

En la primaria mi hijo sufrió, no puedo decir si fue bullying, pero sí maltrato por parte de una maestra. De los compañeros nunca. Ahora bien, en la institución en la que está -donde todos los alumnos tienen discapacidad intelectual-, sí sufrió bullying por parte de una compañera.

Eso nos hizo darnos cuenta que nos ocupamos mucho de que no los acosen alumnos sin discapacidad, pero también existen niños con discapacidad que lo hacen a otros compañeros.

“Los maestros me trataban de consentidora”

Mariela, mamá de Meredith Alexandra 

En el Centro de Atención Múltiple (CAM) al que iba mi hija, fue víctima de bullying por parte de la profesora. Ella la maltrataba y Alexandra no nos podía decir que pasaba porque no hablaba. 

Pero empecé a notar cómo se aferraba a mí antes de entrar a la escuela y lloraba. En una ocasión le conté a la maestra que mi hija nunca había hecho eso y que necesitaba saber qué es lo que pasaba. Ella no contestó nada.  

Nosotros pensamos que la trataba mal, quizá porque nosotros le pedimos que la tratara  diferente a otros niños con síndrome de Down, ya que en la mayoría de los CAM estandarizan la situación. Solo le habíamos pedido que entendiera que no todos los niños con síndrome de Down son iguales. Además, Alexandra tiene autismo y ciertos retrasos psicomotores. Todo esto estaba explicado en su reporte médico.

Niño que sufre bullying llorando en el patio de su escuela.

La maestra se enojó y dijo que yo era muy consentidora y que le estaba solapando muchas cosas a Alexandra. Yo solo le expliqué que mi hija aprende lento pero lo hace.

Un día al llegar a la escuela la maestra la quiso saludar y Alexandra no. Le insistió tanto (hasta le volteó su carita) que me molesté mucho. Ella dijo que así había que tratarlos porque a veces los niños vienen de malas. Nos quejamos con el director, pero dijo que no había ninguna prueba de que ella estuviera tratando mal a mi hija.

Él en cambio comentó que la profesora afirmaba que yo la consentía mucho y que ella aprendía muy bien y que no necesitaba nada diferente. Les expliqué que le acababan de diagnosticar autismo. El director también lo negó y dijo que exageraba.

La sacamos de ese CAM, pero la historia se ha repetido en otros Centros que siguen sin aceptar el diagnóstico de autismo, con el sello de la Facultad de Psicología de la UNAM.

La escuela nunca hizo caso

Anónimo

En el salón del Centro de Atención Múltiple (CAM) donde estudiaba mi hija había un niño al que la mayoría le hacía bullying. Pero la maestra era la que mandaba a los niños a que le hicieran bullying a este chico. La mamá del niño acudió con la subdirectora y nunca le hicieron caso.

“Yo no soy un tonto”

Ana Gamez, mamá de Luis 

No recuerdo con exactitud si ocurrió en primero o en segundo de primaria, porque esto fue hace ya casi 5 años. Íbamos de regreso de la escuela a la casa y de pronto Luis estalló por algo y dijo muy enojado: “eres un tonto”. Como nunca había dicho algo así, mi primera reacción fue regañarlo para corregirlo. Ya en la casa, mientras comíamos, empezó a decir, “yo no soy tonto, yo no soy tonto…” Ahí fue cuando se encendieron las alarmas. 

Pregunté a su monitor qué estaba pasando y no me reportó nada extraordinario. Los siguientes días las cosas se agravaron porque las alertas comenzaron a sonar de noche. Dormido, Luis gritaba desesperado nuevamente “yo no soy tonto”. 

Hablé con el monitor, con la orientadora y la maestra de grupo para saber qué estaba pasando. Ninguno supo contestar y sugirieron que probablemente esta reacción venía de mi casa. En realidad nadie del círculo cercano o inmediato acosaba así a Luis.

Una vez descartado esto, insistí en la escuela y hasta les comuniqué la forma en que probablemente estaba sucediendo: el bullying era en corto, es decir, me acerco de manera amistosa y te digo cosas que lo hieren. 

Reiteradamente y de diferentes maneras le preguntamos a Luis, pero no daba más datos, solo un nombre. En el colegio, ante mi insistencia, hicieron una dinámica llamada “Asamblea” y en la que participa el grupo completo.

El orientador plantea una situación y todos deben responder sobre ella. Resultó que tres niños traían azorado a todo el grupo, no solo a Luis. Ellos molestaban y herían a todos, al alto por alto, a la delgada por delgada, todo era defecto para ellos. Y lo hacían tal como lo intuí. 

Mandaron llamar a los padres de esos niños, en algunos detectaron que tenían problemas socioemocionales y ofrecieron meterlos al sistema de inclusión. Los que hicieron caso, se quedaron en la escuela y los padres que no quisieron o no pudieron hacerse responsables tuvieron que cambiarlos de escuela.

Lamentablemente en ese ciclo escolar hubo muchas situaciones de este tipo y al parecer los papás de esos tres niños ya habían recibido el llamado por parte de la escuela. 

Por esos años, Luis tenía menos lenguaje, pero gracias a que lo manifestó a su manera, se destapó todo un caso mucho más grande. 

“Lo resolvimos con charlas de inclusión con su terapeuta”

Sandra Hernández, mamá de Diego Canseco.

Mi hijo llevaba dos años conviviendo con los alumnos de su grupo y nunca hubo inconvenientes. En tercero de primaria, un día la maestra salió al baño y les indicó a los niños que se quedaran sentados realizando la actividad que tenían. Regularmente cuando una maestra salía del salón, alguien apoyaba a vigilar al grupo, hubiera o no niños con discapacidad. En esta ocasión nadie se quedó vigilando.

Diego se fue a la ventana y se quedó ahí parado esperando a la maestra y viendo a dónde había ido. Un grupo de tres compañeros le dijeron que se sentará y él no hacía caso. Se pararon y él seguía en su lugar. Como insistían que se sentara y no les hacía caso lo acorralaron y un par de ellos le dieron unas bofetadas.

Diego siempre se ha defendido, los empujó y no dejó que le pegaran más. Cuando volvió la maestra le indicó con señas lo que había pasado y quienes habían sido los agresores.

La maestra no nos llamó y solo informó a la dirección. Lo entregaron a la salida y tampoco nos informaron. Pero Diego nos contó todo frente a ella. Con señas, gestos, palabras con cualquier herramienta de comunicación que tenía. La maestra nos contó lo que pasó.

Llamé a la escuela porque estaba furiosa. Lo resolvimos con charlas de inclusión que la escuela dio a todo el alumnado explicando de forma práctica cómo interactuar con una persona con síndrome de Down. Las charlas las dio la terapeuta de Diego y a partir de ahí todo fluyó mucho mejor.

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