Fotografía de Victor Santos donde alcanzamos a verlo parado con su brazo izquierdo junto a su cuerpo y con su mano derecha sostiene su bastón mientras mantiene su brazo derecho pegado a su cuerpo, tiene la cara viendo directo a la camara y tiene una pequeña sonrisa en el rostro
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La inclusión educativa en zonas rurales e indígenas, un pendiente sin resolver

Por Víctor Santos Catalán*

Por lo general, cuando se tocan temas educativos relacionados con la discapacidad en diferentes espacios constructivos, como foros, congresos, audiencias públicas, charlas formales e informales, y un largo etcétera, se observan dos lugares comunes desde donde se habla: la experiencia personal y el contexto urbano; perspectivas desde donde se expresan necesidades, reclamos, aspiraciones y propuestas de salida a algún problema.

En parte eso está bien, porque para la elaboración de leyes, reglamentos y programas de atención a la discapacidad, necesariamente, se debe partir de las condiciones reales de las personas que la viven; pero el problema en todo ello es que lo expresado en esos espacios es generalizado e impuesto con gran facilidad a las mayorías que no participan.

Con toda seguridad, las necesidades educativas de las poblaciones indígenas con discapacidad, o que viven en contextos rurales, son distintas a las que enfrentamos en las ciudades luminosas, ruidosas, saturadas e inaccesibles; y pese a que sabemos que no estamos en las mismas, tenemos el atrevimiento de afirmar:

“Lo que ellos necesitan es…, lo que ellos desean es…, el reclamo de ellos es…, y por eso, la propuesta para solucionarles su problema es…”

Y entonces, ¿cómo pensar en soluciones globales cuando los universos son tan distintos?; ¿cómo solicitar rampas cuando aún no se tiene la silla de ruedas o pavimento para rodarla?; ¿cómo hablar sobre tecnología adaptada sin haber energía eléctrica y computadoras?; ¿cómo pedir atención a la discapacidad donde las ideas a su alrededor son las de enfermedad, castigo o maldición?; ¿Cómo hacer que las ideas orales y escritas no se queden en los mismos de siempre y algunos más, sino que alcancen a la totalidad?

Estas preguntas que desde aquí pudieran tomarse impertinentes o irreales, por increíble que parezcan, en pleno 2020, forman parte de la vida diaria de nuestros hermanos y hermanas indígenas con discapacidad y de quienes viven en zonas rurales alejadas de los centros políticos y económicos, enseñándonos la multiplicidad de realidades que existen, tan complejas y distintas.

No es que a ellos y ellas les cobije la idea de recibir educación en la comunidad en la que viven, porque simplemente no hay escuelas en sus comunidades. Esos maestros especialistas en atención a la discapacidad que se desechan desde el etnocentrismo, quizá a ellos les sean vitales para entrar al Sistema Educativo, estar en él, aprender y egresar, pues, en el mejor de los casos tienen un maestro multigrado. Y además, sus traslados no es que sean en nuestros camiones inaccesibles o en el metro, sino a pie, en carros de redilas, caballos o burros y durante largas jornadas para bajar al centro. 

Quienes tienen mayores posibilidades, salen de sus comunidades para recibir educación; quienes no, viven condenados a la exclusión, la pobreza y la marginación. 

Los maestros de las zonas rurales e indígenas hacen lo posible por atender a todos los alumnos; niños, niñas y adolescentes cuyas barreras son el hambre, la pobreza, la carencia de servicios básicos, la enfermedad y el olvido. Años, sexenios y gobiernos pasan sin que la situación mejore, sin que se atienda a la población vulnerable. 

¿Qué hace un maestro cuándo la escuela donde trabaja carece de lo mínimo indispensable? ¿Qué hace cuando no cuenta con apoyos ni herramientas para dar respuesta a las necesidades de los alumnos y alumnas con discapacidad? ¿Qué hace cuándo en muchas comunidades las personas con discapacidad simplemente no asisten a la escuela? 

Hace lo que puede, como puede y con las pocas herramientas que tiene. 

El Estado y la Secretaría de Educación Pública no han saldado su deuda con los indígenas y campesinos con discapacidad; la formación de maestros para las zonas rurales e indígenas no incluye a la Educación Especial; todas las Escuelas Normales y otras instituciones formadoras de maestros deberían tomar en cuenta a las personas con discapacidad. 

Los retos por superar son tan grandes como complejos y diversos, no nada más en el tema educativo, sino en los de salud, trabajo, acceso a la información, vivienda, y en términos generales, lo que nombraríamos como materia de derechos humanos; tareas que fundamentalmente corresponde resolver al Estado y sus instituciones.

Pero sumado a eso, a la sociedad citadina con discapacidad, nos corresponde eludir el ferviente deseo de hablar por los demás, pues, mientras se toma la voz para pedir visibilidad y participación en el mundo, en automático nos convertimos en un nuevo verdugo de nuestros propios ‘condiscapaciteres’ (término con el que quiero decir congéneres con discapacidad), subalternizándolos aún más; lo que resulta aún peor, pues ya no sólo son ‘los otros’, sino entre nosotros: las personas con discapacidad. 

*Víctor Santos Catalán es Maestro en Desarrollo Educativo y Licenciado en Educación Especial, especialista en atención a ciegos y personas con baja visión. Es miembro del colectivo Educación Especial Hoy y una persona ciega. Contacto: educacion.especial.hoy@gmail.com 


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