Un poema de mensajes: Pinocho de Guillermo del Toro

Hoy me di la oportunidad de ver completa la película de Pinocho, de Guillermo del Toro, y me pareció sublime, simplemente, sublime.

No soy más crítico de arte de lo que soy físico aeronáutico, a lo más llegaré a ser un espectador poco más sensible que la generalidad, o con una sensibilidad diferente, pero creo que esta obra merece un reconocimiento a la altura del esfuerzo que representó su hechura, y no sólo por los aspectos técnicos, sino por la integración de todos sus elementos, lo visual, la música, la construcción del contexto en que se desarrolla la historia; todo confeccionando un poema de mensajes: la paternidad, la inocencia de los niños, la fragilidad y la fortaleza de los mismos ante las amenazas del mundo siempre ahí. Lo llano de una sociedad cubierta por el manto de una religión, de sus prejuicios y sus dogmas. 

No puedo evitar, quizá por mi propia experiencia, percibir un mensaje que habla de la diferencia, de la discapacidad, de las dificultades en que para algunos resulta que la sociedad “acepte” a nuestros hijos que son diferentes, más notoriamente diferentes. Y lo desafiante que para ellos mismos les implica encajar. Para quienes vivimos la discapacidad de un hijo, hacer esa lectura de este Pinocho de Del Toro, pudiera ser ineludible. Porque incluso el pensar que nuestros hijos “salgan al mundo”, nos llena de emoción, pero a la vez de miedo. Igual que Geppetto,  quisiéramos dotar a nuestros hijos de mejores piernas, de derechos y también de obligaciones. Brindarles una conciencia guardiana que les prevenga y proteja de todas las expresiones de la sociedad que pudiera afectarles; dejarlos ir, pero a la vez acompañarlos para siempre.

Y entonces, llega ese momento de la película, en que Del Toro, como todo maestro en su arte, compone una secuencia musical, lírica y visual, donde Pinocho decide dejar a su padre, para cumplir con una responsabilidad, para asumirse en un deber. “Ciao papa” es la canción compuesta por Alexander Desplat e interpretada por Gregory Mann (una voz simplemente dulce y melancólica), la que acompaña esa secuencia de escenas, donde Pinocho deja a Geppetto para ir a trabajar en ese teatro de marionetas ambulante, en la Italia nazi de la Segunda Guerra Mundial. Letras dulces y tristes de despedida, que por otra parte son también perfecto marco a la despedida que tantos y tantos jóvenes y niños tuvieron que hacer a sus padres para ir a una guerra absurda, devastadora, como solo pueden ser las guerras.

No tengo mucho más que decir, la película me hizo enternecer, sonreír, reír, entristecer; me dejó con ganas de cantar y, al final, me hizo llorar. Entendiendo por qué, en los mensajes que Del Toro manda con su película (que son como ráfagas de pequeños dardos de emociones) yo veo a un padre en un luto y una pérdida insuperables, y luego la aceptación de un hijo que es diferente, único, que te llena completo el corazón, que vino a ser eso para ti, que vino a enseñarte montones de cosas, pero, sobre todo, para enseñarte cómo aprender a amar.

“Si me voy por mucho, mucho tiempo

empacaré una fina pieza de brillo,

los sonidos de los pájaros cantando con campanas.

Dibujos de ciruelas, dos bolsas de conchas.

El olor del pan, una gota de vino,

tu recuerdo, padre mío.

Adiós, mi papá”.

Por Edgar Bermúdez 

Escritor. Consultor de desarrollo empresarial. Padre de un hijo maravilloso.

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