Opinión

“Las mujeres con discapacidad somos lideresas en una sociedad que también nos pertenece”

Marialú Castro

Alcanzar esa posición ha llevado un trabajo enorme, en el que las redes de apoyo y los entornos accesibles que derriban barreras tienen un rol preponderante.

Había leído, incluso estudiado la definición que dice que «la discapacidad no solo está en la persona sino también en el entorno que le rodea» y confieso que al vivir diariamente en un entorno poco inclusivo ese concepto me causaba risa y un poco de incredulidad.

Pero la experiencia que viví en el programa WILD de Mobility International USA (MIUSA), me llevó a vivir esta definición al máximo, al grado de que parecía que la discapacidad era inexistente.

El pasado 1 de julio llegó el gran día, abordé el avión que me conducía a Eugene, Oregon, en Estados Unidos. No era la única, en los aires volabamos 22 mujeres, todas de diferentes latitudes, idiomas, culturas, costumbres, entornos distintos, formas de comunicación también diversas.

Como punto en común todas éramos, y somos, mujeres con discapacidad, activistas, representantes de alguna organización o colectiva, lideresas que representamos a otras mujeres con discapacidad en nuestros países, con ganas de aprender y compartir estrategias, con ansias, nervios y dudas sobre la experiencia que estábamos a punto de vivir, algunas más cansadas que otras por los trayectos que, para unas, duraron días.

¿Imaginan el reto que representa para una mujer con discapacidad cruzar el mundo sola? Desde ahí, el llegar, era la primera aventura sumando que finalmente el Covid no termina.

Poco a poco llegamos al aeropuerto, algunas en el mismo vuelo sin saberlo. El personal de MIUSA nos recogió a todas en unas camionetas accesibles y así nos fuimos encontrando en el hotel, accesible también: había rampas, elevador, cuartos diseñados para personas sordas que utilizan un foco como timbre para que supieran si alguien tocaba a su puerta, anuncios en braille, letreros que servían como apoyo visual, cuartos lo suficientemente amplios para ser usados por alguna persona usuaria de silla de ruedas todo terreno. Parecía el paraíso.

Sin embargo, aún me era curioso ver en el lobby a mujeres sordas, ciegas, con discapacidad psicosocial, intelectual, del aprendizaje, con baja visión, talla baja, con dolor crónico, con discapacidad motriz, usuarias de sillas de ruedas, bastones, muletas, mujeres acompañadas de su cuidadora; otras haciendo señas tratando de comunicarse, otras como yo sufriendo con el inglés porque créanme en todas se oía distinto porque no es el idioma que hablas todos los días y, lo mejor, los otros huéspedes que no parecían sorprendidos, socializaban con nosotras, estaban acostumbrados a convivir con personas con discapacidad, no éramos un espectáculo.

Tratar de comunicarnos entre nosotras fue el segundo reto, era necesario socializar, conocernos, reconocer nuestros rostros, usar gestos, o algunas herramientas tecnológicas como el traductor de Google que se volvió elemental, así como otras aplicaciones donde podíamos comunicarnos usando el texto.

La clave también fue un grupo de WhatsApp, que usábamos para compartir las fotos, eso y tener la valentía de atrevernos a hablar ‘espanglish’, o alguna mezcla extraña de inglés.

El día siguiente fue más fácil, era la primera sesión y teníamos todos los ajustes razonables necesarios, ajustes que todos los días eran proporcionados por el staff de MIUSA y sus colaboradores que en conjunto trabajaban como una máquina perfecta.

Gracias a cada uno de los intérpretes de lengua de señas por ser un puente fundamental para comunicarnos con mis hermanas sordas; los traductores que amo por hacer llegar mis ideas con claridad a través de un micrófono y audífono cuando mi espanglish no me lo permitía; a la capturista que con su oído volvía texto todo lo que en las salas decíamos, y a todas las personas que apoyaban y aportaban sus saberes según la aventura del día.

Ajustes que estaban no solo en el hotel sino en la ciudad entera, en los espacios públicos, en su transporte accesible, en sus supermercados en las múltiples actividades que hicimos en esas tres semanas, como desafiarnos en el bosque, poder andar en bicicleta, practicar deportes adaptados como el juego de rugby, o la clase de gimnasio, la de natación, y tener las sesiones de política, de planeación estratégica, de desarrollo, de salud, de educación, de defensa personal, por hablarnos de medios, por las entrevistas y fotografías, por ese momento mágico de poder infiltrarnos con personas ajenas a la discapacidad y compartir proyectos con ellas.

La inclusión no es solo eso, la sociedad juega un papel fundamental para que las personas con discapacidad formemos parte de una sociedad que también nos pertenece, y quienes nos abrieron las puertas de sus casas y su corazón para recibirnos y cuidarnos como parte de su familia desde el tercer día, fueron un apoyo primordial: habitantes de Oregon que nos contaban sus experiencias y nos hacían partícipes de su cultura y de su manera distinta de vivir.

Aprendimos mucho, disfrutamos más, aumentó la confianza, disminuyeron los miedos, nos desafiamos a nosotras mismas, pusimos a prueba nuestras habilidades y formamos una red de apoyo sólida que aún con la distancia sigue en ese chat de WhatsApp que funciona 24/7,  porque los planes para trabajar juntas continúan.

Ya no somos solo mujeres con discapacidad, somos hermanas WILD, fuertes, poderosas, orgullosas y apasionadas, porque sí.

Las mujeres con discapacidad somos lideresas de una sociedad que también nos pertenece y sabemos que con el apoyo de otras mujeres, de personas con y sin discapacidad, sus familias y la cooperación de la sociedad vamos a derrumbar las barreras.

Por Marialú Castro

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