Una red para sostener a Lucio

1.

Voy a iniciar con mi abuela eligiendo unas mazorcas, rojas, amarillas, moradas y blancas.

Las puso en un tenate que me entregó y me dijo siembra…

Luego sigo con el nombre.

Lucio…

Mi mamá me contaba que, cuando era niña, tuvo un maestro que le cambió la vida. El maestro Juventino. Había pasado a sexto de primaria, último nivel que había en ese entonces en su comunidad, en la montaña de Oaxaca, cuando llegó el maestro Juventino a sustituir al maestro que hasta entonces había estado, les aplicó un examen y los regresó a segundo año. Mi mamá dice que no hubiera entendido muchas cosas, si no hubiese sido por el maestro Juventino. Les decía: allá en la montaña de Guerrero, hay un maestro que tiene alumnos de excelencia y esos niños tampoco tienen zapatos como ustedes, el maestro Lucio.

No tener zapatos era algo común, pobreza decían los gobiernos, marginación más bien, son cosas muy distintas, esta última desafortunadamente prevalece, aunque no sea ya solo un asunto de zapatos. 

Itzá…

Estaba por el sexto mes de embarazo y desperté con la palabra Itzá en la cabeza. Entonces le propuse a mi compañero “Itzá” como segundo nombre, nos gustó y lo decidimos. Al rato buscamos qué significaba: “Adivino / Brujo del agua”, de origen maya. 

Nuestro bebé que estaba precisamente ahí, en agua, había resistido el primer trimestre y un poco más, porque teníamos un embarazo de alto riesgo. Literalmente el agua de mi cuerpo se había mantenido en su lugar, confíamos, confíamos siempre en Itzá, confíamos en mi cuerpo, así que sí, Itzá había controlado la marea.

Murrieta…

Viene de Veracruz, Altotonga para ser exactos, de la neblina y los dulces tradicionales. Una casa con un jardín, lleno de flores y plantas, gansos, puerquitos, y trabajo, mucho trabajo en la tierra. Aquí entendí la diferencia entre la abundancia y el dinero, estamos hablando de una casa que no deja de florecer y dar frutos, en donde la maternidad sustenta todo esto. Así la mamá de mi compañero, así sus padres. Ella tiene un mantra que sus padres le dieron “Nunca te va a faltar nada” y en su jardín siguen floreciendo flores y frutos incluso en momentos de adversidad. Definitivamente queremos que este mantra sea de nuestro niño también.

López…

Mi mamá da los buenos días, cada día, a todas las personas con las que se encuentra. “Todo tiene solución” nos dice y nos cobija a mi, a mi hermana, a mis sobrinos con su cabello larguísimo y cálido. Es la primera sonrisa, el primer abrazo. Jugábamos a los borreguitos con esas hojas que dentro tienen una florecita esponjosa, nuestra primera guía en paisajes de ensueño, maestra de botánica y remedios, canto y sonrisa… todo tiene solución. Decidimos que nuestro niño sea cobijado con esa larga cabellera también, y que recorra esos senderos con ella, y más aún que aprenda la lengua que ella sintió no era útil enseñarnos a nosotras pero que es tan basta para contener la sabiduría de la tierra.

Decidimos registrar a nuestro niño con nuestros apellidos maternos y fue todo un acontecimiento. Burocráticamente significó idas y venidas al ayuntamiento, papeleos, llamadas, y más vueltas. Es legal, se puede, pero el sistema no tenía esa función habilitada y había que ir a la capital a solicitar que se habilitara esa opción, eso tardó cerca de dos meses, al final tuvimos que hacer algunos otros trámites, pero lo logramos, en medio de varios cuestionamientos.

La revolución fue familiar, mover el status quo del apellido paterno. 

“El niño va a sentir que no lo quieren reconocer” nos dijeron,

“Que tienes en contra de tu padre, si los genes de todas maneras los tiene”.

Nuestra decisión, nada tenía que ver con genes o negación alguna.

Dotar a Lucio con la fuerza, el amor, la raíz de sus abuelas, de sus bisabuelas, de sus tatarabuelas, estas que siempre quedan en segundo plano, las que son invisibilizadas, las que cargaron en su vientre y nos parieron, las que criaron en soledad, las que preservaron las semillas que comemos, los cantos, las que con sus manos nos abrazaron en enfermedad, en llantos y alegrías. Y más allá, la fuerza femenina que nos ha acompañado y fortalecido, que es sabía, que es paciente.

Mi niño es mi revolución, renací con él, me reconfiguró, aún estoy en ese proceso, mi cuerpo cambió, mi instinto también, ha sido algo realmente profundo.

¿Cómo pueden mezclarse al mismo tiempo tantas emociones?, la alegría más intensa, el miedo, las inseguridades propias, las faltas se agolpan, el dolor corporal, el amor más intenso, la ilusión.

Nunca antes había sentido tanto compromiso conmigo misma por ser feliz, feliz conmigo, feliz con mi niño, con mi compañero. Tampoco nunca antes había sentido tanta empatía por las madres de mi familia, mi propia madre, mi hermana, mis abuelas, mis amigas, mis compañeras de trabajo.

Lucio dormido, con sus ojitos cerrados empieza a despertar, está cerca del llanto, acerco mi cara a la suya y sonríe, todavía con su ojos cerrados. Este campo de hierba y flores, este manto estrellado, esta tortilla, estas trenzas son mi refugio, te las doy mi niño, es el mismo cielo que me cobijó a mí y a tu abuela, a tus bisabuelas y a las bisabuelas de ellas, sobre la misma hierba nos acostamos a soñar y comimos la misma tortilla, eres la semilla que tu abuela y tu bisabuela sembraron.

2.

  • Tía, mírame, me voy a teletransportar – y pasaba de la escalera al balcón, 
  • Iñaki dime, ¿cómo lo haces?
  • Tía no puedo revelarte mis secretos, solo se los revelaré a Lucio cuando nazca.

Mi hermana labró desde hace 8 años un camino de apoyo y atención para su hijo. Iñaki nació con hendidura de labio y paladar. Es un niño luminoso y feliz. Su proceso de atención ha sido complejo y de mucha valentía, todos hemos aprendido de ambos, ahora soy más consciente de que para mi hermana no ha sido sencillo. 

Cuando hicimos una ecografía a las 19 semanas de embarazo, la doctora nos dijo que Lucio tenía una fisura de labio unilateral izquierda, la noticia nos tomó por sorpresa. La tasa en México es de 1.39 por cada mil niños nacidos vivos. 

En la familia Lucio era el segundo. Saliendo de la consulta llamé a mi hermana y le dije que Lucio tenía fisura, no sabíamos si solo de labio o también del paladar, ella guardó silencio un momento y, un minutos después, me dijo – Puedes contar conmigo, van a estar bien, vamos a aplicarnos-.

No era un tema nuevo para nosotros, hemos acompañado 8 años a Iñaki y, sin embargo, no era algo que esperábamos pero sabíamos lo que teníamos que hacer, informarnos, buscar el camino para que Lucio tuviera la atención necesaria, sabía que iba a hacer lo que fuera necesario. Pero llegando la noche de ese día me puse a llorar.

Pasaron tantas cosas por mi cabeza y mi corazón; miedo, tristeza, dudas, sorpresa, y luego culpa por haber llorado, así que  hablé con Lucio y le dije que lo amaba con todo mi ser. Luego abracé a su papá que siempre es sereno y dije nuevamente: “CONFÍA”, confía en tu cuerpo, confía en Lucio, confía en esta familia que han conformado.  Nuestra comunicación con Lucio fue aún más fuerte.

Mi hermana e Iñaki extendieron una red amorosa de médicos que nos han asistido e informado. Nuestros médicos en Veracruz, quienes recibieron a Lucio, se sumaron a esa red, nos sentimos acompañados, guiados y agradecidos. Aún estamos en ese proceso, y dentro de poco Lucio tendrá su cirugía de labio y cuando el miedo aparece, abrazo a mi familia y confío, porque todos están presentes: sus tías, sus abuelas, sus doctoras, sus primos. Y descubrí que Iñaki ya le ha revelado sus secretos a Lucio Itzá.

Por Alejandra Saavedra*

*Alejandra es parte de nuestro medio: es la ilustradora de todas las imágenes que publicamos en Yo también. 


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