El elevador: ¿realmente tienes que usarlo?

Si vas a un piso once en algún edificio, la respuesta inmediata a la pregunta del título sería “por supuesto que sí”. Aunque en lo cotidiano, cuando se trata de subir uno o dos pisos, la mayoría de las personas, con todas sus capacidades físicas, se abstienen de subir por las escaleras y, si está disponible, eligen usar el elevador. ¿Por qué?

En un mundo tan limitado en momentos para hacer algo de ejercicio físico, ¿no nos vendría bien poner a trabajar nuestros músculos y hacer circular aire en nuestros pulmones? Creo que la respuesta obvia a este otro cuestionamiento sería “sí”. No obstante, lamentablemente, esto no ocurre.

Letrero que dice "Elevador con prioridad para personas con discapacidad: Usa el elevador solo si es necesario, cupo máximo 4 personas".

Un nervio que permanece dormido en mí se activa con cierta frecuencia cuando, en mí caso, empujando la silla de ruedas donde se mueve mi hijo, llegamos a las puertas de un elevador, digamos, en una plaza comercial, para encontrarnos con varias personas al frente, esperando, ya sea de arriba o abajo, a ese cuarto metálico que nos llevará a una planta baja, a un primer o segundo piso, más comúnmente.

En la pantalla que indica el nivel donde se encuentra el elevador se ve un S1, un PB o un número 2. De pronto, el ascensor tarda demasiado en llegar. Las personas frente a nosotros y que quizá no nos han advertido, también esperan. Todos tienen una razón válida para usar el elevador, sin duda, pero mi nervio (que ya lleva un rato brincando) me susurra “¿será que cuando el elevador llegue, estas personas tengan la cortesía de permitirnos pasar primero?” Espera, le digo, confiemos que podamos entrar todos.

De pronto el elevador llega y sus frías puertas se abren como para revelar un premio, una sorpresa, una esperanza: LLENO.

El elevador viene lleno, atiborrado de personas con bolsas o paquetes, una carriola. Desde su fondo se abre un espacio para dejar bajar a una pareja y es todo. Dos personas que estaban al frente de nosotros, en un cálculo rápido de la masa y el espacio que puede transportar el elevador en función de los dos que bajaron, aprovechan y suben. Los que esperábamos nos quedamos viendo a los viajeros afortunados, unos cuantos segundos. Alguno de los de adentro nos ve a mi hijo y a mí un instante y luego desvía la mirada, parece incómodo de vernos, pero no tanto como yo cuando mi nervio me dice “ves, te lo dije”. Las puertas se cierran y hacia arriba o hacia abajo, el ascensor sigue la orden de pedido que otros usuarios ya han hecho desde hace un rato, seguramente.

Eventualmente, transcurridos varios minutos, logramos subir, pero mi nervio insiste “¿no habría algo que se pudiera hacer para que las personas que no tienen que usar el elevador, suban por las escaleras?”. Más aún en un centro comercial, donde generalmente hay escaleras eléctricas también. Pero no, no hay reglas formales establecidas de uso del elevador, salvo las de la buena voluntad, que hagan preferente el uso de los elevadores para las personas que, por su condición física o de discapacidad, necesitan usarlo más que otros.

Tres personas sin discapacidad motriz esperando el elevador.

Me di a la tarea de buscar reglamentos de elevadores en distintas partes del mundo, y muchos hablan de respetar la capacidad máxima de personas y peso, de permitir el ascenso y descenso, de no apretar más botones que el del piso destino, no comer en el elevador, etc. Alguno que encontré mencionaba que se debe “tener la cortesía” de ceder el uso a quienes lo requieran de manera más evidente, “ancianos, personas con bebés en brazos, personas en silla de ruedas”. Y es todo. 

No hay una regla clara y contundente que sirva para que las personas que ya viajan en el elevador o esperan subir a éste, se vean obligadas a esperar o bajar para ceder el uso a una persona con bastón, andadera, carriola o silla de ruedas, más que la de la buena voluntad.

Letrero que indica uso preferente.

Esto es penoso, porque lo que muchas veces enseña la construcción de la realidad individual, es que no nos pondremos en los zapatos del otro hasta que realmente estemos en esos zapatos.

Así que, sin afán de sermón (ni más ni menos), si tú eres de las personas que gustan evitar la fatiga de subir las escaleras por esperar el elevador o conoces a alguien así, se la diferencia y ayuda a que alguien que sí necesite subir o bajar en estos, pueda hacerlo.

Y aquí te dejo una práctica no muy fácil de aplicar, pero sin duda heroica: Conviértete en un elevadorista espontáneo. 

Cuando identifiques a una persona con necesidad imperante de usar el elevador, invita a los otros ocupantes a salir y ceder el uso.

O bien, avísale a la persona que lo necesita que volverás con el elevador vacío, y una vez en el último nivel, informales a los siguientes usuarios que ese elevador viaja solo, para una persona en andadera o silla de ruedas que se encuentra en otro nivel, y ve hacia ella.

Espero que pronto veamos estos pequeños actos en muchos lugares donde hay elevadores, ayudando a personas con discapacidad a subir o bajar.
Gracias por leerme.

Por Edgar Bermúdez

Escritor. Consultor de desarrollo empresarial. Padre de un hijo maravilloso.

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