Opinión

El don de la dislexia

Paz Austin

Lo que en la infancia era un problema de aprendizaje difícil de resolver, ahora es una habilidad reconocida en el ambiente laboral.

Por Paz Austin

Tenía cinco años cuando me enviaron a terapia de lenguaje, a pesar de haber sido un lorito parlante que no dejaba de contar historias y cantar todo el día,  tenía muchos problemas en pronunciación. Adoraba ir a terapia porque el cariño y paciencia que recibía de la profesional en curso era algo que en mi kínder tradicional no tenía.  Fue ese mismo año que mis padres por solicitud de los directivos de la escuela me volvieron a llevar a una neuróloga infantil porque no ponía atención en la escuela, no aprendía y solo quería jugar y no sentarme en mi mesita a dibujar letras y números propios del proceso de aprendizaje de lectura y escritura. Tras varias sesiones fui diagnosticada con dislexia. 

Recuerdo muy bien mi frustración por no lograr diferenciar la b de la d en el primer año de primaria,  como recibía un tache rojo por escribir “dede” en lugar de “bebé” o cuando escribía mi nombre, Paz, con la panza de la P viendo hacia la izquierda, o como perdía en todos los juegos por no saber cuál era el lado izquierdo del derecho.

Tenía siete años y me sentía tonta y humillada, no lograba concentrarme, literalmente odiaba ir a la escuela. Fue justo en esos años que tuve una maestra con sensibilidad pedagógica para tratar con niños como yo y que logró identificar a tres de sus alumnas que teníamos los mismos retos en cuanto a aprendizaje.  Nos sentó juntas en una mesita y nos asignó tareas diferentes a los otros niños, lo cual nos dio cierta paz porque nos entendíamos.

Sin conocer el término aún, estábamos desarrollando empatía. Nosotras podíamos salir del salón si queríamos solo con pedir permiso para dar una vuelta por el patio porque se daba cuenta que nos desesperábamos y nos distraíamos, podíamos escribir cuentos en lugar de hacer cuentas matemáticas o tomar dictados que requerían rapidez y precisión, nosotras podíamos y debíamos aprender de maneras diferentes. Esa fue mi maestra favorita y ese fue mi mejor recuerdo de los años de primaria. 

Los siguientes años fueron complicados en cuanto a calificaciones y exámenes reprobados uno tras otro, eran los años 80 en una escuela cara de reconocimiento académico en la Ciudad de México que no adoptaba aún métodos de enseñanza modernos o un sistema que permitiría identificar a niños con necesidades especiales para su educación. 

Seguí muchos años con clases de regularización, regaños y castigos y todo por culpa de la dislexia, la cual realmente parecía no tener disculpa. Tenía que esforzarme para “arreglar” el problema, debía concentrarme, lo cual era imposible. En el salón de clases éramos 30 o 40 niños y una maestra que debía cumplir el plan académico de la Secretaría de Educación Pública. 

En casa supongo que también había culpas, una mamá de trabajo de tiempo completo que no podía darse el lujo de sentarse conmigo por las tardes a hacer una tarea y un ambiente familiar un tanto hostil que podía ser la razón  de mis malas calificaciones. A decir verdad yo era una niña feliz y muy alegre que simplemente odiaba la escuela. No podía hacer las tareas de planas enteras en repetición y solo quería jugar a ser escritora, periodista, inventar recetas, escribir canciones y no sentirme mal por mi mal desempeño escolar. 

Hace no más de un año mientras veíamos una película mi madre se sinceró conmigo, se sentía mal y lo tenía guardado hace más de 30 años. Me confesó que se desesperaba mucho conmigo cuando era niña y me regañaba para que yo pudiera hacer las cosas de manera más ordenada, disciplinada o de alguna manera más normal. “Pensé que la vida te sería muy difícil si no lograbas ser como los otros niños, pero al final, a tu manera las cosas siempre te han salido bien”, me dijo con la voz entrecortada.   

Siempre escuche sobre mi dislexia, no sé porqué, pero adopté la palabra como algo muy mío, eso era yo. Con el paso de los años me dio paz el diagnóstico para entender varias metidas de pata en los últimos años de escuela y en la vida laboral. 

En alguna terapia me explicaron bien de qué se trataba:  tu cerebro es un coche que va muy rápido y a veces choca contra las palabras y estas se revuelven. Como acabas de chocar estás confundida y no logras ver que están mal escritas, aunque las revises muchas veces tú las ves bien, aunque estén visiblemente mal escritas porque no tienes el foco en la palabra , tu visión está en todo el texto, en el libro, en el contexto donde se ubica el libro, en el cuarto donde estás leyendo.  Lo mismo cuando leo, leo rápido y sin cuidado, entiendo la idea general, aunque los detalles me salen sobrando.

A la fecha la izquierda y la derecha son conceptos que requieren dos segundos de reflexión o simular que estoy escribiendo en el aire, me da risa cuando debo de decidir por cual camino manejar y me dicen a la izquierda y me voy por la derecha y solo pienso “Ay mi dislexia, era la otra izquierda”. 

Con los años descubrí otra característica mía. Me volví práctica y resolvía problemas de manera hábil y por caminos más sencillos y eficientes.  Me costaba creer que la mayoría de la gente era más analítica y con procesos más estructurados que me parecían absurdos y poco necesarios, yo simplemente ejecutaba de manera sencilla con grandes resultados: “pum, pum, taz y ya quedó”. Jamás imaginé que esta habilidad era propia de la dislexia. Justo hace unos días abrí mi correo y ahí estaba un newsletter: “Linkedin reconoce el Dyslexia Thinking como una habilidad laboral”.

Simplemente lo abrí, comencé a leer y me redimí, entre lágrimas seguí buscando más sobre este increíble don que era el pensamiento disléxico. Nunca fue un error o algo que debía arreglarse. El pensamiento disléxico es sencillamente eso, una manera de tantas de entender el mundo y procesar la información.  Hoy soy una gran ejecutiva y llevo un par de años saliendo en rankings de mujeres exitosas. Trabajo para una asociación gremial importante en México y aunque sigo mandando correos con palabras chuecas como “imprentante” o Estimados “asocidos” hago mi trabajo bien y me siento orgullosa de lo que he logrado.

*Paz AUstin es directora general del Consejo Mexicano Vitivinícola.

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