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Dos madres y un ticket de supermercado a la India

Bárbara Anderson

La esperanza por ayudar a un hijo puede medir hasta 8 mil kilómetros, no importarle una pandemia y cruzar el mundo detrás de una oportunidad.

Por Bárbara Anderson

– «¿Le puedo dar un beso al nene?»

– «Sí claro…»

En la fila de un supermercado en Buenos Aires, Myrna dejó que un señor muy elegante de traje impecable y serio le hiciera un mimo a su hijo Juan Cruz, un rubio niño de 8 años sentado en su silla de ruedas y con la vista perdida.

– «¿Qué tiene?»

– «Parálisis cerebral, tuvo un accidente cerebrovascular, no saben los médicos si fue antes o después del parto. Y sabe, es mellizo, y su hermana nació perfecta».

– Mire, yo soy juez de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y escucho mucho a una radio de Córdoba que se llama Cadena 3. Y escuché a su corresponsal en México que ella también tiene un hijo con esta discapacidad y le hicieron un tratamiento muy novedoso en India.

-¿Cómo se llama?

«Bárbara Anderson. Deje que se lo anoto en su ticket del supermercado el nombre», dijo el juez sacando una brillante lapicera de su saco sastre.

Ella guardó el ticket; estaba en la capital solo haciendo unos tratamientos a Juan Cruz. Cuando llegó a su ciudad (Chivilcoy, a 160 kilómetros de Buenos Aires) comenzó a buscar en Google el nombre.

Bárbara Anderson existía, y también era verdad lo que le dijo el juez de que era periodista. Sí, y vive en México. Entró a YouTube y comenzó a ver videos de cuando ella presentó su libro «Los dos hemisferios de Lucca» y contaba justo lo de ese tratamiento en India.

Despertó a su esposo. Él hace mantenimientos de jardines y había tenido un día largo. «Mirá… esto apareció como un milagro hoy cuando estaba haciendo las compras».

Desde ese día, hace ya un año, todas las noches se dormía viendo la entrevista que le hizo una colega (Katia D’Artigues) y la tiene guardada en su celular y cada vez que puede lo enciende como si oyera una misa.

Vamos a llevar a Juan Cruz a este tratamiento. No me importa lo que tenga que hacer para lograrlo.

Myrna trabaja hace 20 años en un banco y pidió a la fundación de la institución si la podían ayudar a pagar un viaje ‘así’. Le dijeron que si era algo experimental que su seguro de salud no cubriera, pues ellos tampoco.

Llamó a la radio en Córdoba y le dieron el mail de su corresponsal («el celular es privado y no se lo pasamos a nadie», le explicaron).

Escribió muchas veces. No era el único mail que esta mujer recibía: desde que se publicó el libro, su buzón de correos se saturó de mensajes (muchos desesperados, otros con descreimiento). Tantos mails a una mamá que trabaja, tiene dos niños -uno de ellos justamente con discapacidad- y que lleva además otras actividades como el portal de noticias Yo También la tenían «quemada». Tanto que su esposo, Andrés, decidió ser «el contestador del Cytotron».

Así se llama el dispositivo que permite regenerar tejidos, entre ellos neuronales, y que había logrado muchos cambios en el hijo de Bárbara.

Andrés le contestó, le dio los datos del instituto Card Center en Bangalore, donde ya había llevado a su hijo cuatro veces por más de un mes cada vez.

«Pero no sé inglés, no sé cómo me voy a poder mover allá», le contestó Myrna a Andrés en uno de los mails.

– Mirá, justo hay un matrimonio chileno que viaja también en estas semanas a India, te puedo poner en contacto con ellos y que sean tus sherpas allá. También como a vos les mandé todo: desde el nombre del mejor taxista de la ciudad, a los supermercados, a los tips más urgentes y más banales.

Pero todo esto no sería tan complicado si no fuera en 2021, en plena pandemia.

Argentina tuvo uno de los confinamientos más estrictos del mundo y nadie podía salir ni entrar al país (ni moverse incluso entre ciudades dentro del territorio) y no iba a poder tener la seguridad que si conseguía irse a India, al mes la dejaran regresar. En ese tiempo, un padre hizo una demanda al Estado argentino porque no le permitieron viajar de una ciudad a otra a ver a su hija antes de morir de cáncer. ¿Ir a India? Una odisea.

«No me importa nada. Yo quiero que Juan Cruz mejore. Yo quiero seguir ese camino que abrió Lucca. ¿Y si me voy caminando hasta Buenos Aires como signo de protesta para que me dejen viajar?», le dijo Myrna a su esposo, quien le dijo que era una locura.

Pero no se quedó ahí. Buscó a Felipe Solá (el canciller argentino) quien personalmente con una carta firmada por la vicepresidenta, Cristina Fernández, le dio un salvoconducto para irse a India.

Mientras el país estaba bloqueado, ella y sus nuevos desconocidos amigos chilenos llegaron en octubre del año pasado a India.

Juan Cruz mejoró: su cuerpo perdió mucha espasticidad, ahora sonríe y le podría devolver la mirada al juez Esteban Pina si se lo cruzara nuevamente en un supermercado. Dejó de comer por sonda y ahora que mastica y saborea aumentó 5 kilos. Su epilepsia está más controlada y comienza a hacer sonidos guturales para comunicarse.

Ayer, 9 de mayo en Bangalore, a miles de kilómetros de México (y de Argentina) encontré a Myrna en la sala de espera del instituto de investigaciones del Dr. Rajah Kumar, el inventor de esta tecnología.

Lloramos juntas.

«¿Te das cuenta de lo que has hecho? Si yo no hubiera estado en ese supermercado hace un año, si ese juez porteño no hubiera prendido una radio cordobesa, hoy no podría escuchar la risa de Juan, ni verlo saborear mangos indios».

Bárbara Anderson con Juan entre sus brazos.
Bárbara Anderson en Bangalore cargando al argentino Juan Cruz. Una casualidad y mucho amor los reunió en India.

Ella lleva su segundo viaje, ya sin guías -hoy sus grandes amigos chilenos- (la necesidad te vuelve multilingüe a la fuerza) y el taxista bangalorí y su familia la reciben en su casa y son los mejores tíos de Juan (o John como todos lo llaman en Bangalore).

«Ya aprendí a cocinar arroz biriani, comemos picante y vamos a los templos descalzos», me dice mientras trata de decir mil palabras por minuto de la emoción.

«Te debo tanto, Bárbara…»

Yo no podía ni siquiera contestarle de los nudos en mi garganta. Porque yo también estuve en su lugar, con su desesperación y su alegría en esa misma sala.

… y de repente Juan Cruz comenzó a carcajearse con la risa más contagiosa del mundo.

Y fue lo justo. Porque eso hay que hacer con el destino: reírse con él cuando conecta puntos inimaginables entre dos familias desconocidas, entre México/Argentina/India y una misma meta: que nuestros hijos logren mejorar.

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