¿Quién cuida a quienes cuidan?

Cuidar de una persona con alguna discapacidad, sea por responsabilidad familiar o por actividad profesional, es una labor compleja en términos físicos y psicológicos. Para empezar porque, más allá del estereotipo de la o el cuidador noble e incansable que “protege” a la persona en necesidad, se encuentran una serie de emociones cuya expresión está limitada, precisamente, por la obligación. 

Hace un par de años, tuve el privilegio de ser alumna del Dr. José Gómez del Campo, uno de los pioneros del Desarrollo Humano en México y alumno a su vez de Carl Rogers, el padre de esta corriente de la psicología que apuesta por la tendencia inherente a nuestra condición humana para superarnos y ser felices. 

En 2010, Gómez del Campo publicó, en la revista Prometeo, un artículo titulado “¿Quién ayuda a los que ayudan?” en el que se refiere al autocuidado como elemento clave para el bienestar mental de quienes facilitan procesos terapéuticos y de crecimiento o realizan trabajo social. 

A ellas y ellos, yo agrego ahora a quienes cuidan de una persona con algún tipo de discapacidad y en esa labor cotidiana corren el riesgo de llegar a la despersonalización o insensibilización como mecanismos de defensa para bloquear el dolor propio y el ajeno. 

Aunque no esté bien visto decirlo, lo cierto es que el rol de cuidador llega a generar, en diversos grados de frecuencia, enojo, frustración, agotamiento, soledad o tristeza. Y tan solo sentir alguna de esas emociones, puede detonar culpa y vergüenza en quien la experimenta. 

Urge normalizar la expresión emocional porque nombrar eso que sentimos y reconocerlo como propio —en lugar de calificarlo como bueno o malo— es indispensable para procesarlo. 

Hablemos de que es normal sentir cualquiera de las emociones que enlisté o cualquier otra y de que velar por los derechos de otra persona no significa sacrificar los propios, en este caso el derecho al autocuidado en términos físicos, emocionales. 

Un estudio conducido en 2018 por la Escuela de Enfermería de la UNAM encontró que el 67 por ciento de quienes padecen burnout por labores de cuidado lo manifestaron en agotamiento emocional; el 73 por ciento en falta de realización personal y 8 de cada 10 en despersonalización. 

El burnout es reconocido por la Organización Mundial de la Salud como un fenómeno ocupacional desde 2019. El mismo organismo establece como intersecciones de vulnerabilidad para desarrollarlo el vivir con la persona a la que se cuida, aislamiento social, dificultades financieras, no haber elegido ese rol y tener pocos años de educación formal. 

La imposibilidad de acceder al derecho a la salud mental y el autocuidado aumenta en un contexto nacional en el que las labores de cuidado se conciben como responsabilidad primaria de las familias. En ese entorno, además, son actividades no remuneradas —que se acercarían al 20 por ciento del PIB Nacional, según cálculos del INEGI— que el sistema patriarcal recarga mayormente en las mujeres.

Todos los días cabe preguntarnos: ¿quién cuida a quienes cuidan? El Sistema Nacional de Cuidados tiene muchos pendientes en este sentido.

Por María Elena Esparza*

* María Elena Esparza Guevara es Maestra en Desarrollo Humano por la Ibero, egresada del Programa de Liderazgo de Mujeres en la Universidad de Oxford, fundadora de Ola Violeta AC y activista por el derecho a la conciencia corporal. @MaElenaEsparza


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