Opinión

El cuidador acróbata (a propósito del día del cuidador)

Edgar Bermúdez

Porque quienes cuidan no paran nunca, porque no basta solo un día para reconocerlos y ser empáticos.

Son casi las nueve de la noche cuando empiezo a escribir esto. Mi hijo con discapacidad ya está en cama. Le di de cenar, lavé sus dientes, lo aseé y preparé para dormir. Hice todo lo anterior con el mayor amor y paciencia que pude. Y con culpa, la misma maldita culpa de siempre, de sentir que no hago lo suficiente. Porque además hoy, tuve el peor día de un catarro que me empezó hace cuatro. Estuve somnoliento, con molestias, estornudando. Lavándome las manos cada tanto que fuera a darle de comer a mi hijo, o acercarme a él para acomodarlo; ese otro cuidado a tener de no contagiarlo.

Yo no elegí ser un cuidador. Nadie me preparó para serlo; nunca vi libros que hablaran de esta actividad ni siquiera tampoco he escuchado que sea reconocida salvo por el día (que fue ayer), y del cual tuve consciencia porque una amiga me felicitó.

Aunque no creo que haya glamour en ser un cuidador. No hay prestigio ni nada de qué vanagloriarse. No cómo puede suceder con otras profesiones u oficios, como los psicólogos, los abogados, los médicos o la hermana profesionista de esta labor, la enfermería, a la que sí se le reconoce con mayor entusiasmo. Aunque he conocido a varias enfermeras que nunca debieron serlo, o quizá las conocí en su momento “quemado”, porque entiendo que también deben “quemarse”, agotarse de su propia labor elegida.

Lo mismo sucede con el cuidador, no obstante, como ya dije, muchos no elegimos ser cuidadores: nos toca, es algo que sucede, no estamos listos para serlo y tampoco tenemos mucho hacia dónde hacernos para evadirnos. Ya sea que se deba cuidar a los padres ancianos, a un hermano accidentado, a la esposa o al amigo. Quien cuida espontáneamente y con la mejor intención de ayudar, diríase que se acaba de recibir como “cuidador”.

Pero hay carreras de cuidador de corto, mediano y largo plazo. A veces eres cuidador por un par de meses. A veces por un año. Y muchas más, como cuando se trata de un hijo con discapacidad, un largo maratón. Años y años.

Años que te hacen un experto en acomodar un cuerpo, en cargar un peso de manera constante; en limpiar traseros, en vestir y poner zapatos, pero también en hacerle “el momento” a la persona que necesita de cuidados; alegrar la mesa, brindarle una experiencia amena, ayudarle con la tarea de la escuela o incluso asistirlo en clases. Como padre cuidador terminas siendo también el amigo, el cómplice, el compañero de juegos.

Y no importa lo bien que lo hagas, como dije al principio, siempre te quedará un sentimiento de que fallaste. De que algo no diste, de que algo no hiciste bien del todo, ya sea con quien cuidas, con tu pareja, con tus amigos, con tu trabajo, contigo mismo.

Uno se vuelve un acróbata manteniendo en el aire constantes aros, pelotas o pinos. Lanzando uno de esos artefactos más arriba para que te dé tiempo de agarrar el que está por caer al piso y así… nunca agarras bien ninguno y sólo alcanzas a ver cuando algo ya “cayó al piso”, se te pasó en fecha, en tiempo, en forma. Y no importa lo bien que hayas hecho todo lo demás, ese sentimiento es inevitable: fallaste.

Son pasadas las nueve de la noche cuando casi estoy terminando de escribir esto, en la sala en silencio, con mi agotamiento manejable, con la esperanza de que un poco de sueño me lleve a sentirme mejor por la mañana. Agradeciendo que he podido con un día más, aunque haya sido así, de malestar. Como me dijo A., que ayer me felicitó: “en comparación con muchas otras personas que cuidan a sus hijos, tú te ves en una vida bastante normal”. Si supieras A. Si supieras.

Esto es entonces para los “cuidadores” de tiempo parcial, completo o absoluto. Mi reconocimiento y un aplauso muy honesto y empático desde aquí, para todas y todos. Ánimo.

Por Edgar Bermudez*

*Escritor, comunicólogo y padre de un hijo maravilloso.


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