Fotografía de Silvia Romero Adame, una mujer de edad adulta, tez latina, con el rostro ancho y redondo, sonriendo de frente.
Opinión

Con amor, Mamá

Una carta íntima y cálida, esperanzadora, nos permite reflexionar sobre la importancia que tiene la mirada de todas y todos para lograr la sociedad incluyente que merecemos y que abrace a cada uno de sus miembros, sin excepción.

Por Silvia Romero Adame

Querido hijo, tu llegada a nuestras vidas fue como esas aguas bravas, siempre en movimiento y que a su paso y con la fuerza de su golpe moldean paisajes hermosos. Tu sola presencia ha sacado lo mejor de nosotros mismos.

No mentiré, no diré que ha sido fácil. En ocasiones el seguirte el paso ha requerido de toda mi energía. He tenido también episodios de llanto inesperado, donde me he sentido desbordada en emociones y responsabilidad.  Aun así, he derramado más lágrimas de alegría al verte conquistar victorias. Como aquella vez a tus 7 años, cuando hilaste tu primera conversación, contándome lo que aconteció en la escuela que te causó tanta risa. Tuve que detener el coche para abrazarte muy fuerte, tú me apartabas para seguir hablando y yo estaba que reventaba de alegría.

El duelo que otras mamás sienten, fue distinto en mí. A lo mejor la causa es que tus primeras terapeutas se centraron en tus posibilidades y no en un diagnóstico. Eso me ayudó a centrarme en lo que había que hacer, no en lo que supuestamente había perdido. Porque yo nunca sentí “perderte”. Por el contrario, tu vida me ha llenado de orgullo y felicidad.

Si acaso tuve un duelo, fue unos años más delante, cuando un día te soñé distinto y sentí que era injusto que te hubieran arrebatado algo que te pertenecía. ¿Por qué tenía que ser todo más difícil para ti?

Al despertar lloré como no lo hice cuando te golpeabas, cuando no hablabas o cuando no me mirabas a los ojos. Porque me di cuenta que no existía problema alguno en ti, todo era superable. El problema estaba en la mirada de los otros.

Y es que ese sueño coincidió en el tiempo que recibimos reiterados rechazos de las escuelas. Muchas de ellas te “invitaban” unos días a clases antes de decidir si te aceptaban o no. Hoy te pido perdón, hijo mío, por hacerte pasar tiempo en lugares y con personas que te miraban con prejuicio, incapaces de ver el maravilloso niño que entonces eras.

Hasta la fecha no entiendo quién les dio el poder de decidir quién es suficiente y quién no. Pero sobre todo, nunca entendí qué pecado tan grave podías haber cometido a tan corta edad que mereciera tan injusto rechazo.

Eras tan pequeño que no se si te dabas cuenta de eso. A lo mejor de algún modo lo percibiste, porque desde entonces no te has detenido en esfuerzos por entender el mundo que te rodea, por aprender y por encajar en una sociedad que discrimina todo lo que no conoce.

Ese rechazo que vivimos me ha calado muy hondo y el dolor que causa llega a ser tan fuerte que te impide respirar. Pero tú, mi querido hijo, tú cada día te superas a ti mismo, alzándote por encima de todo.

Como aquella vez que fuimos a la primera quinceañera y te vi a lo lejos distante de todos tus compañeros. Porque siendo ya adolescente, de pronto las reglas del juego cambiaron y no las entendías. Te diste cuenta que lo aprendido hasta ese momento ya no era suficiente. Cuando veníamos de regreso a la casa, yo un tanto frustrada, me sorprendió que dijeras que te la pasaste muy bien, que estabas observando para aprender de los otros jóvenes. Ese día me diste una gran lección.

Con todo aprendí, que, en contextos adecuados, donde te sientes respetado y valorado, eres capaz de alcanzar victorias inimaginables. Por eso, hoy exijo reciprocidad a tu esfuerzo y perseverancia en cualquier lugar al que llegamos. Si tu esfuerzo es grande, el esfuerzo de ellos debe ser proporcional. 

Y en medio de todo, me volví activista. Junto a muchas familias empecé a organizar caminatas, congresos, festivales de cine, talleres de sensibilización en escuelas y a funcionarios públicos. Participo en programas de radio, en revistas y en todas las mesas de trabajo que promuevan tus derechos. Y aunque sigue siendo aterrador hablar en público, quiero que siempre recuerdes que te amo tanto como para intentar transformar el mundo.

Como la otra noche, al finalizar esa ceremonia a la que asistimos, te pregunté si sabías por qué ese histórico y hermoso edificio estaba iluminado de azul. Me respondiste: “Es por mí”.  ¡Eso es todo lo que necesitas saber! Todo es por ti, hijo mío. Recuerda que eres tan importante como para que una ciudad se ilumine de azul por ti.

Sin embargo, hablar de derechos y “evangelizar” a tantas personas no es garantía. Solo basta una persona, un sutil rechazo, una no invitación para que tu mundo se vuelva sombrío de nuevo.

Así que hijo, tienes que ser fuerte y resiliente. Deberás aprender a elegir tus batallas, no todas deberás pelearlas, algunas simplemente tendrás que abandonarlas. Y está bien, porque siempre habrá personas que no estarán dispuestas a estar en tu vida de manera asertiva, así que deséales suerte, déjalas ir  y sigue tu camino.

Ahora estás a punto de entrar a la Universidad y sé que te angustia un cambio más. A ti, que te encanta hacer amigos, tienes que empezar de nuevo, en otra escuela. Te tocará de nuevo sacar ese instructivo tuyo y ver qué aplica y qué no. Observar y aprender nuevas formas de relacionarte. Ahora además, te probarás si eso que deseas aprender será tu vocación y si a partir de ahí sigues construyendo tu proyecto de vida.

Y eso es un reto muy importante, porque durante el último año y, en medio de esta pandemia, el miedo que tuve a faltarte ha sido desquiciante. Y aunque le ruego a Dios me dé más tiempo para caminar a tu lado, también le ruego llegue el día en que puedas seguir sin mí.

Querido hijo, no sé qué nos depara el futuro, para nadie es fácil construir una vida, pero te garantizo que el esfuerzo lo vale. Gracias por ser ese caudal indómito que me ha hecho presenciar cada instante como si fuera un milagro.

Recuerda que no estás solo, tu familia entera está contigo, también toda esa red de apoyo que hemos formado entre tantas familias. Tú sigue dando lo mejor de ti y no le temas a los cambios que desafían tu vida. Recuerda que todo lo que quieres, está del otro lado del miedo. Así que hijo mío, ve por todo. La vida te espera.

Con amor, Mamá.

Silvia Romero Adame y su hijo.

*Silvia Romero Adame es mamá de un joven de 20 años dentro del espectro autista.  También es activista, escritora, ganadora del Premio Estatal de Periodismo 2019 y 2020 por la revista Metrópolis en la categoría de «Mejor artículo», en ambos casos con temas de inclusión.