Editorial

Salud mental, ni tema para romantizar ni soluciones mágicas

Débora Montesinos

Esta semana se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental y ello nos da la oportunidad de reflexionar en torno a lo que significa.

Salud mental es mucho más que solo dos palabras. No solo es un concepto amplio y difícil de definir, en el mejor de los casos; sino también es un tema al que no terminamos de normalizar y al que muchas personas tienen (o tenemos) miedo y evitamos asomarnos a él.

Y no es porque ignoremos que las condiciones que engloba pueden ser tratadas, tras ser identificadas y diagnosticadas, sino porque es un tema que ha sido estigmatizado durante siglos.

Tal y como ocurrió hace unos meses, ya en los siglos XIX y XX se dio un intenso debate sobre las prácticas de internamiento en instituciones mentales y el tratamiento recibido por los pacientes.

Este debate recibió un impulso extra en 1887 cuando la periodista Nellie Bly se hizo pasar por “loca”, como se les llamaba a las personas con discapacidad psicosocial, para ser ingresada en el hospital psiquiátrico neoyorquino de Blackwell’s Island. Las repercusiones mediáticas de su caso impulsaron diversas iniciativas reformistas por parte de las administraciones estadounidenses. 

Varias décadas y muchos debates después, esas y otras reformas no han terminado de permear en la mayoría de la población para lograr que la salud mental sea un tema visto sin juicios. Aunque sin duda ha habido avances. Un fuerte impulso a nivel global ocurrió cuando varias estrellas del deporte pusieron el tema en las canchas y fuera de ellas y entonces entendimos que se valía reconocer y decir no estoy bien. Y así se ha reconocido un año después de haber ocurrido uno de los casos más sonados, como pudimos leer en visibilizar la importancia de la salud mental: el legado de Simone Biles,

Pero el mayor detonante llegó de la mano de la pandemia por Covid-19, ya que los meses de confinamiento aceleraron los estudios y el número de casos de personas con alguna condición de salud mental. De tal manera, que hoy sabemos que en 2030 será la principal causa de discapacidad en el mundo.

Y este dato que por sí solo nos obligaría a actuar ya, también nos permite revertir la paradoja de que, aunque muchas personas temen hasta hablar de él, hay quienes lo romantizan y consideran que estar “depre” es “cool” o que piensan que la ansiedad es solo una alteración del ánimo provocada por el “hate” en las redes sociales.

La verdad es que depresión y ansiedad son dos de las grandes condiciones de la discapacidad psicosocial que están dejando al mundo las primeras décadas del siglo XXI y, si ese es el resultado del actuar de varias generaciones, hoy tendríamos que voltear a años recientes para identificar qué hemos hecho para que sea así. 

De ahí la importancia de hablar de salud mental, de traer el tema a la mesa, porque entre más pronto se identifique mejores alternativas tendremos, como nos dice Carlos Lieja en Hablemos de salud mental.

Porque en este camino no hay soluciones mágicas que valgan y el 2030 prácticamente ya está tocando la puerta.

Por Débora Montesinos

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