Fotografía de Bárbara Anderson, una mujer de edad adulta, cabello ondulado, ojos grandes, utiliza anteojos y aparece sonriendo frente a la cámara, con efecto de líneas en blanco y negro sobre su rostro.
Editorial

La ética de la compasión

En su más reciente libro (La ética cosmopolita), la filósofa Adela Cortina analiza cómo, ante un reto universal inédito como la pandemia, es necesario el reconocimiento“cordial o compasivo” sobre la justicia, entendiendo la compasión como la capacidad de reconocer la alegría y el sufrimiento de los más vulnerables.

Por Bárbara Anderson

Existe una corriente en la filosofía que se conoce como la ‘ética de la razón cordial’, y su mayor cultora es la española Adela Cortina que la explica a profundidad en su último (y muy recomendable) libro.

En estos momentos de una tercera ola de la pandemia en nuestro país, recordé dos preguntas que ella inyecta en su obra: 1) ¿saldremos de ésta? y 2) ¿habremos aprendido algo para el futuro? 

Ella dice que sí saldremos adelante, pero lo que sucederá en el futuro dependerá en buena medida de cómo ejerzamos nuestra libertad: si desde un ‘nosotros’ incluyente, o desde una fragmentación de individuos en la que los ideólogos juegan para hacerse con el poder. 

“Ante una catástrofe social y económica como la que vivimos con la pandemia se requiere de una ética potente, no solo de la mano invisible del Estado o de la mano invisible de la economía sino -y muy especialmente- de la mano intangible de las virtudes cívicas de cada uno de nosotros”.

Adela hace hincapié en cómo el coronavirus puso sobre el tapete la fragilidad y la vulnerabilidad de las personas; la constatación de que nadie es autosuficiente sino que todos somos altamente interdependientes a nivel local y mundial. 

Y por primera vez muchos de nosotros (y muchos de nuestros países) tuvimos que afrontar dilemas: seguridad o libertad; vidas o economía; tratar en terapia intensiva a personas jóvenes o excluir a personas con discapacidad. “Hasta ahora los humanos nos topamos solo con problemas y los problemas casi siempre pueden solucionarse recurriendo a la cordura”, afirma. 

Y ella pone a la cordura como una virtud que debemos usar como norte en defensa de la dignidad humana, esa dignidad que impide tener ‘códigos azules’ en los hospitales atiborrados de pacientes para decidir a quién salvar y a quién no, ni tampoco triages para saber si una persona adulta mayor o una joven merecen acceso a una cama con ventilador. 

“La dignidad salva vidas, previene la discriminación y ocuparse realmente de los más vulnerables debería caminar en la misma dirección”, agrega en su libro. “Ojalá una ciudadanía madura, una sociedad civil vigorosa sea capaz de pensar y querer (sin dejarse infectar por las luchas partidarias) responder con altura humana desde la construcción de un nosotros incluyente, pero no solo por el manido ‘egoísmo ilustrado’ de que ‘estamos todos en el mismo barco’, sino porque nos importamos unos a otros, valores que se tejen desde la compasión”. 

Adela Cortina acuñó un concepto que me parece muy profundo: la compasión es la virtud del corazón lúcido, el motor del auténtico progreso. 

La compasión es un sentimiento activo, transformador y no la manera condescendiente que nos ha inculcado. 

La compasión es un impulso hacia la acción, no hacia la pena. 

La compasión es el reconocimiento del sufrimiento que mueve a procurar aliviarlo y que incluye la capacidad de alegrarse con el bien ajeno. 

Aprendamos a tomar decisiones desde la compasión y nuestras acciones serán las correctas. 

Esto aplica a cada uno de nosotros, a las organizaciones y a los gobiernos. 

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