Editorial

Cuando las frases hechas nos hacen discriminadores

Fotografía de Bárbara Anderson.

Una serie de dichos muy mexicanos revela a una sociedad que prioriza el bienestar personal con total carencia de empatía hacia las personas con discapacidad.

Por Bárbara Anderson

“Más vale pedir perdón que pedir permiso”, “prometer no empobrece”, “el que avisa no traiciona”. Toda esta pequeña lista de frases mexicanas del día a día encierran un mensaje común: tú no me importas, primero yo. 

Y esto que puede sonar hasta simpático o parte del folclor nacional es una gota que horada una piedra enorme que se llama empatía. No nos preocupa ‘tanto’ el otro, nuestro entorno o la manera en la que nos podemos beneficiar como comunidad. Primero yo. 

Y en ese mundo donde mi necesidad es prioridad olvidamos y escondemos a las personas con discapacidad. Porque dentro de una comunidad que no me importa, esta minoría me importa menos aún. 

Esto nunca lo había relacionado hasta que tuve una deliciosa entrevista con el psiquiatra infantil Gregorio Katz y que publicamos esta semana. 

Y desde los eventos cotidianos (como tapar una rampa, negar el acceso a un niño a la escuela o sufrir bullying) se llega a las esferas de los políticos y sus políticas. 

Ya con este filtro uno puede entender por qué seguimos sin un plan realista, completo y con presupuesto para tener de una vez por todas un sistema educativo para todos, incluídos ese 75% de ‘potenciales alumnos’ con discapacidad que nunca pisaron un aula. 

Con esa cultura tatuada del ‘me vale’ porque ‘primero yo’, meten mano legisladores a la redacción de un Código de procedimientos civiles y familiares (que ya lleva 5 años en el candelero) y perpetúan figuras que vulneran los derechos de las personas con discapacidad a decidir -entre otras cosas- sobre ellas mismas. (Sí, por las dudas, le confirmo que usted está leyendo este editorial en el 2022)

Sin empatía, sin entender las necesidades de otras personas, sin asomarse y entender cómo deben ser respetados los derechos y los beneficios de una comunidad como la de las personas con discapacidad es como vemos este juego de casino de mover fichas (o mejor dicho organismos descentralizados vinculados a derechos humanos) que propone el gobierno federal de un lado a otro -Conadis, Conapred, Inapam, Sipinna- como quien solo mueve escritorios y papeles. 

Nunca tendremos en México ni salud accesible, ni educación accesible, ni justicia accesible si mi ombligo es mi faro y mi guía, o “¿qué cree?”.

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