Sin capacitación no hay inclusión

Cómo hacer frente a los desafíos de educar a niñas y niños con discapacidad cuando en México sólo 5 por ciento del profesorado lo hace, preguntamos en el Día Internacional de la Alfabetización.

¿La disposición, la empatía, la buena voluntad son suficientes para lograr la inclusión?

En el ciclo escolar 2022-2023, decidí dejar a mis dos hijos (el normotípico y el neurodiverso) en una escuela con 50 alumnos, con una plantilla docente de 10 maestros para distintas asignaturas y con una directora que me dijo: 

 

“Mientras usted pague la colegiatura, obviamente sin becas ni descuentos, las dueñas no tendrán inconveniente en que su hijo esté aquí. Además, usted debe conseguir y pagar a una maestra acompañante”.

Esa escuela se oferta como “inclusiva”. Presumen que han tenido estudiantes con síndrome de Down y del espectro autista, además de atender a varios más con Déficit de Atención. 

Pensé que al menos en esta escuela no me condicionaban la entrada del niño a que ya tuviera a la maestra sombra antes de iniciar el ciclo escolar, como había ocurrido en otras dos instituciones, en donde incluso me habían reembolsado el monto de la inscripción. 

Contratar a una maestra acompañante me ha resultado extremadamente complicado. Hablo por mí. Hay “agencias” que cobran una cuota de recuperación entre 3 mil y 6 mil pesos mexicanos por conseguir a una candidata que cobrará entre 4 mil y 9 mil pesos mensuales, según su experiencia. 

Algunas de estas “agencias” trabajan directamente con algunos colegios particulares. Sin embargo, no hay legislación que regule a estas docentes y psicólogas emprendedoras que entre sus servicios ofrecen acompañar a la niña o al niño durante la jornada escolar, realizar las adecuaciones curriculares, así como las planeaciones y papeleo administrativo que la SEP solicita a las escuelas. 

Acudí a estas agencias. Sin embargo, es difícil que los docentes o psicólogos capacitados acepten esos honorarios sin prestaciones. También coloque ofertas de empleo y publiqué solicitudes de voluntariado y de servicio social. Nada. Nadie. 

En la escuela siempre me dijeron que mientras yo hiciera todo, ellos no tendrían problema incluso en firmar horas de servicio. En ese momento, me parecía que tenían una gran disposición. A la distancia, me resulta que esa actitud es de una gran irresponsabilidad y falta de compromiso. 

Comenzó el ciclo escolar y no tenía a nadie. Con la autorización de la directora, yo acudía con el menor para favorecer su inclusión, en tanto encontrábamos al docente acompañante. Asistí tres semanas y me pusieron un ultimátum para contratar a una maestra. 

Encontré a un par que acudieron al colegio, pero me advirtieron que en esa escuela no había condiciones para promover una aula inclusiva, entre otras razones, porque los docentes no estaban capacitados y promovían un ambiente excluyente para los estudiantes de la neurodiversidad e incluso para los neurotípicos.

En ese momento, mi hijo empezó a presentar conductas disruptivas en la escuela: se desvestía completamente, pateaba a sus compañeros para pedirles jugar, prefería salirse del salón para irse a la biblioteca, no tenía control de esfínteres, aventaba las cosas.  

Ante estas actitudes, el personal docente de la escuela solo atinaba a decir (con esa mirada que denota lástima hacia el interlocutor): “Así son ellos”. En clara referencia a niñas y niños con síndrome de Down, pero sin ni siquiera tener la posibilidad de pronunciar la condición. 

Cuando mi hijo comenzó a pedirme no ir a la escuela e incluso comenzó a autolesionarse, decidí que ya no lo llevaría más a la escuela. 

Modelo psicopedagógico de escuela transicional

Entonces conocí a David Zielanonski, director de admisión y diagnóstico en Centro Ensamble, quien me explicó que existe un modelo psicopedagógico de escuela transicional que permite ofrecer a niños y niñas con trastornos en el neurodesarrollo (sin importar su diagnóstico) la herramientas necesarias para que logren la maduración necesaria para autorregularse, comunicarse y poder ser funcionales en la sociedad. 

Utilizan el método ABA (Análisis Conductual Aplicado, por sus siglas en inglés) que es reconocido por su efecto positivo en la trayectoria del desarrollo infantil. 

En la página de Salud y Servicios Humanos del Estado de Texas —pues en Estados Unidos, ABA ya está recomendada como una terapia para menores con síndrome de Down— se explica que muchas personas están familiarizadas con el uso de este método para tratar el autismo a través de un programa de 20 a 40 horas por semana de terapia directa, durante un periodo de dos años, o más tiempo, para impactar todas las áreas del desarrollo. 

“El método ABA puede implementarse durante períodos más cortos o a lo largo de la vida de la persona. El nivel y la intensidad del programa debe basarse en las necesidades del niño”, se lee en el sitio oficial texano

Me sorprendió que en la ex escuela de mis hijos, ni la directora ni la psicóloga, tuvieran idea de que ABA existe. Peor aún, cuando es un método basado en la teoría conductista de B.F. Skinner que se supone pedagogos y psicólogos deben revisar en el plan de estudios de cualquier universidad mexicana. 

Gracias al Centro Ensamble y al profesionalismo de su equipo logramos concluir satisfactoriamente el ciclo escolar. David Zielanovski es especialista certificado en diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TAE) y trastornos del neurodesarrollo. Tiene 20 años de experiencia con el método ABA y 15 años de manejo conductual con niños neurotípicos.

A un mes de acudir a Centro Ensamble, me presentaron un reporte detallado de los avances de mi hijo en las cuatro áreas de su neurodesarrollo: comunicación, cognición, socialización, control emocional. Durante 9 años de acudir a un sinnúmero de otras “terapias”, ninguno de los terapeutas (públicos ni privados) me habían explicado algo similar ni tan profesionalmente. Ese día, lloré. 

Es un diagnóstico que el gobierno australiano permite que sus niños y niñas tengan desde preescolar. ¿Qué pasa en México? Ha sido la sociedad civil organizada, como Centro Ensamble, la que hace llegar esta información al mayor número de familias, pero aún nos falta mucho para llegar a muchas más familias. 

Las bases del método ABA incluso son herramientas valiosísimas para niñas y niños neurotípicos. Cualquier escuela se beneficiaría de dejar de gritarles a sus estudiantes y utilizar estas técnicas para obtener resultados mucho más satisfactorios en la formación de los menores de edad.

Mi conclusión es que sin capacitación no hay inclusión. No solo se trata de este método en particular, sino también de un sinnúmero de herramientas en neuroeducación que se han descubierto en las dos últimas décadas y que no están bajando a las escuelas. 

¿Cómo bienvenir al nuevo ciclo escolar si la mayoría de las escuelas regulares no puede ofrecer educación de calidad y vanguardia a los menores de edad neurotípicos? Mucho menos a las personas de la neurodivergencia. 

*Delia Angélica Ortiz es periodista especializada en inclusión y diversidad. 
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