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El proyecto de la Silla Roja: una iniciativa por la inclusión educativa que nació de los jesuitas

Silla Roja en medio de un salón de clases.

Desde sus primeros años, las niñas con discapacidad se enfrentan a mayores condiciones de discriminación y marginación que las de sus pares varones. Esta situación no es exclusiva de México: se repite a lo largo de América Latina.

Ir a la escuela sigue siendo imposible para millones de niñas, niños y adolescentes con discapacidad, quienes por discriminación y estigmas ven vulnerado su derecho a la educación.

Mientras en todo el mundo, 1 de cada 7 niñas y niños en edad de ir a la primaria no están escolarizados, cuando se trata de quienes tienen discapacidad la cifra llega a 1 de cada 3, de acuerdo con cifras citadas por la Fundación Entreculturas, Fe y Alegría.

Para asegurar el ejercicio del derecho a la educación y convertir las escuelas en lugares de inclusión, la fundación -de origen jesuita- creó en 2012 el programa La Silla Roja, donde a través de proyectos e intervenciones con organizaciones locales se impulsa la escolarización e integración de niñas, niños y adolescentes con discapacidad, así como de infantes refugiados, migrantes, desplazados o pertenecientes a comunidades indígenas.

“Existe un lugar especial, capaz de adaptarse a nuestras capacidades, a nuestras circunstancias. Un lugar en el que todos y todas tenemos un sitio. Ese lugar es la escuela. Y en ella, cada niño y cada niña, cada persona debe poder sentirse incluida, valorada, sin distinción de origen, condición, situación económica o social. Porque Educar es incluir, seguimos defendiendo que una educación en igualdad de oportunidades es posible”, expuso la organización en su informe Educar es incluir. Un camino que garantiza derechos, correspondiente al 2022.

En los 10 años desde su fundación, La Silla Roja ha desarrollado proyectos en 38 países de África, América Latina, Asia y Europa entre los que se incluyen Argentina, Brasil, Bolivia, Burundi, Chad, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Etiopía, Guatemala, Haití, Honduras, Líbano, Malawi, Marruecos, México, Nicaragua, Paraguay, Perú, República Democrática del Congo, entre República Dominicana, Sudáfrica, Sudán del Sur, Uruguay y Venezuela.

Los proyectos incluyen temas de sustentabilidad, formación para el trabajo, mejora de la calidad de vida, educación transformadora, educación digital y en emergencia, fortalecimiento institucional, formación de profesores y profesoras, enfocados a la escolarización.

La inclusión como meta

La organización ha puesto énfasis en desarrollar espacios incluyentes dentro de las escuelas, dentro del enfoque del modelo social de la discapacidad.

“La educación especial ha resultado una especie de ‘apartheid’ para las personas con discapacidad”,

considera Entreculturas, Fe y Alegría,

“La educación de las personas con discapacidad ha estado históricamente sometida a la segregación, usualmente conocida como ‘educación especial’. Lo que se ha analizado poco, sin embargo, es que ese apartheid educativo ha privado a la población sin discapacidad, de conocer y disfrutar de un mundo de sensibilidades y de capacidades diferentes, provenientes de personas con enormes potenciales para contribuir al desarrollo comunitario y enriquecer la vida cultural”, se lee en el informe Educar es incluir.

La segregación educativa, continúa el texto, ha encontrado su base en las premisas de estandarizar los conocimientos que son útiles para el mercado, un modelo que termina por excluir a quienes lo se adaptan a esos métodos, sean o no personas con discapacidad.

La organización ha identificado algunos de los obstáculos que encuentran niñas y niños con discapacidad, así como sus familias, para ir a la escuela, como los rechazos de inscripción, subordinación de la matrícula a la disponibilidad de una persona que cumpla la función de apoyo de la pcd, incremento de costo con el argumento de la implementación de ajustes o apoyos, imposición de evaluaciones “basadas en diagnósticos médicos estrictos”, imposición unilateral de acuerdos, entre otros.

La pobreza, sigue el documento, agrava la discriminación de las personas con discapacidad, “aunque la riqueza tampoco la resuelve”; sin embargo, las condiciones económicas, los prejuicios y estereotipos convierte a las pcd en uno de los grupos más marginados de cualquier comunidad.

Para ello, los proyectos de inclusión han servido para dar educación, formación y entornos seguros a niñas y niños con discapacidad.

“Cuando supe que mi hijo tenía una discapacidad, tuve miedo a que lo trataran mal, lo discriminaran y que por eso él se deprimiera, sin embargo, una vez que ingresó a la escuela mi niño cuenta que quiere mucho a todos sus profesores y a sus compañeros de clase porque siempre lo tratan con mucho amor. Él no se siente diferente, más bien se siente integrado y esto me emociona mucho como madre”,

contó Altagracia Cabrera, madre de un niño con discapacidad motora que acude, junto a sus dos hermanos, al Centro Educativo Santo Niño Jesús de Fe y Alegría de República Dominicana.

Otros programas educativos en América Latina están encaminados a subir la calidad de la enseñanza “especial”, formar profesorado que privilegie la inclusión, aumentar el acceso a más niveles educativos -de acuerdo con las cifras el abandono escolar en la secundaria es particularmente común entre pcd-, así como capacitar a las familias en entornos rurales e indígenas para el trato de niñas y niños con discapacidad.

La Silla Roja también ha servido para la inclusión de personas refugiadas, como en Chad, donde el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) ofrece triciclos y muletas a alumnos y alumnas con discapacidad. También hay proyectos en Kenia y Tanzania, donde han entregado sillas de ruedas, lentes, aparatos acústicos, entre otros, además de campañas de sensibilización para que las familias no oculten a las pcd.

La Silla Roja también ofrece una Guía didáctica 2022-2023, disponible en línea, para que docentes realicen actividades con estudiantes de 4 a 16 años sobre inclusión.

Papa Francisco con una pequeña silla roja entregada por jesuitas.

La desigualdad educativa en números

Además de ser más propensos a la exclusión educativa y al abandono escolar, las niñas y los niños con discapacidad tienen hasta cuatro veces más probabilidades de ser víctimas de cualquier tipo de violencia, advierte la fundación jesuita. 

Mientras que la tasa de actividad de las mujeres con discapacidad es de 34.6 por ciento, casi 42 puntos porcentuales menos que la población sin discapacidad.

“La discriminación por discapacidad se agrava por razones socioculturales asignándoles estereotipos y estigmas y tratándoles como una comunidad improductiva”, concluyó la organización.

La epidemia de Covid-19 agravó más las condiciones de las pcd, al dificultar el acceso a servicios de salud, obligarles a permanecer en casa -que en algunas ocasiones no es un entorno seguro-, así como aumentar su riesgo de violencia.

“Las personas con discapacidad representan el 15 por ciento de la población mundial y, sin embargo, se encuentran entre las más marginadas en cualquier comunidad, incluyendo las afectadas por la crisis de la Covid-19, que les ha impactado de forma desproporcionada.  Los niños y niñas con discapacidad tienen 4 veces más probabilidades de ser víctimas de cualquier tipo de violencia en todos los entornos -en el hogar, en la comunidad y en la escuela-, incluyendo el ciberacoso, y son casi 3 veces más propensos a ser víctimas de violencia sexual, con las niñas en mayor riesgo”, informó la organización en un comunicado el pasado 7 de septiembre.

Las niñas con discapacidad enfrentan hasta 10 veces más violencia de género frente a las que no tienen esta condición, agregó el boletín. De ahí que volver a la escuela puede significar para ellas un espacio en el que pueden escapar de la exposición a redes de explotación, abuso y extrema violencia.

En el informe para 2022, la fundación indicó que la educación sexual es una necesidad todavía no atendida para las personas con discapacidad (pcd).

“La educación sexual integral para las personas con discapacidad constituye un recurso idóneo para luchar contra formas de violencia basada en género y discapacidad, aunque el abordaje de las diversidades en los programas y proyectos en esta materia, suele ser limitado”, dijo el informe.

Para combatir estas carencias, el Programa de Educación Especial Fe y Alegría Bolivia (PREEFA) elaboró una guía especializada para apoyo técnico, se llama “El uso de recursos tecnológicos y manipulativos para trabajar la sexualidad con chicas adolescentes y jóvenes con discapacidad intelectual”, que está disponible.

“La discriminación de género comienza temprano. La discriminación contra las niñas y mujeres jóvenes con discapacidad ocurre a una temprana edad. Las bebés que nacen con discapacidades tienen más probabilidades de morir como víctimas de los llamados ‘asesinatos por compasión’ que los varones con discapacidades”,

añadió el informe.

Que en muchas ocasiones las niñas con discapacidad ni siquiera sean registradas legalmente por su familia impide su acceso a servicios de salud, educación y otros servicios sociales y políticas públicas especialmente diseñadas para ellas.

“Las niñas con discapacidades tienen menos probabilidades de recibir alimentos en el hogar y es más probable que sean excluidas de las actividades e interacciones familiares”, encontró el organismo.

A nivel internacional, la fundación recoge donativos e informa periódicamente de sus logros y evaluaciones sobre cada proyecto realizado y sobre los avances en el ejercicio del derecho a la educación.

Por Itzel Ramírez

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