Emperatriz de Yo-Puedo-Con-Todo y duquesa de No-Necesito-Llorar 

Mi más reciente informe médico dice: “depresión aguda en remisión”. Me da mucho gusto eso “en remisión”, pero me subrayó la definición de la palabra. 

Es un recordatorio de que, al menos en mi caso, es casi una condición de vida que he tenido desde mi infancia, por muchas razones, incluso genéticas. Durante muchos años no supe nombrarla y, mucho menos, buscar apoyo.

Aunque no la siento, hoy he aprendido a tenerle mucho respeto, aunque no miedo.

Creo que es mejor hacerlo así para tener muy presentes todas las herramientas que he aprendido para cuidar de mi salud mental. Para evitar la tentación de volverme a sentir la Juana Camaney de las emociones; la emperatriz de Yo-Puedo-Con-Todo y duquesa de No-Necesito-Llorar. 

No soy un bicho raro: al menos 5 por ciento de las personas adultas del mundo hoy viven con depresión, según cálculos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Si ya somos en la Tierra 8 mil millones de personas, 400 millones tienen depresión: algo así como toda la población de Estados Unidos y gran parte de México.

La Organización Internacional del Trabajo estima que se pierden anualmente 12 mil millones de horas de trabajo por la depresión y su prima o hermana, la ansiedad. Esto cuesta al mundo, en dinero, 1 trillón de dólares. Mucho más en desperdicio de horas vitales e incluso de vidas. 

Lo verdaderamente triste (sí, ¡estoy consciente de la ironía!) es que 7 de cada 10 personas que tienen depresión en países de ingresos medios a bajos no reciben tratamiento alguno, según la misma OMS. Y que incluso los que la recibimos, a veces tardamos 10 años o más en llegar a ellos. También que, aunque se ha insistido en que se gaste al menos el 2 por ciento del presupuesto de salud en el tema de salud mental, muchos países no lo hacen.

Desde antes de la pandemia se sabía que, para el 2020, sería la principal causa de discapacidad a nivel global. Tras el Covid-19 los números han aumentado aún más. Pero, si de por si nos cuesta trabajo hablar de discapacidad sin tabúes (y lo escribo hoy Día Internacional de las personas con discapacidad), ¡mucho más si es una discapacidad psicosocial! 

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo hablar del tema?

Porque nos educaron en una sociedad occidental donde está mal visto que algo así “nos ocurra”. Porque muchas personas piensan que pocas lo viven y se arregla con “echarle ganas” (no, no funciona, créanme). 

Porque premiamos la productividad por encima de muchos otros valores y a veces, creo yo, porque vivimos a una velocidad no compatible con la humanidad.

Porque cómo yo voy a decir que estoy deprimida o deprimido. ¡Es un signo de debilidad y vulnerabilidad, qué horror! Qué creen: todas las personas somos vulnerables. ¡Es casi casi sello de la marca humana!  Es más: gracias a esa vulnerabilidad somos capaces de hacer muchas cosas, incluyendo conectar con los y las demás.

Porque aprendimos a no aceptar,  con naturalidad, cuando nos sentimos mal y buscar apoyo. Porque, al no ser una discapacidad visible, la podemos esconder (al menos durante un tiempo) tras una máscara sonriente. Estoy segura de que muchas personas que están leyendo esto ahora se identifican.

Pero, sobre todo, nos cuesta hablar del tema porque nos da miedo el estigma. Tomo una de las definiciones de la Real Academia Española (aunque a veces disienta con ella) y queda perfecto: “Marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud”.
Sí, aún sigue siendo así: una letra escarlata.

La depresión no debería ser un estigma y tampoco ninguna otra condición de salud mental. Tampoco es, como cualquier discapacidad, algo que permanece igual por siempre y no evoluciona. Cada día hay más herramientas que podemos usar y que nos haría bien difundir lo más posible. 

Pero todo comienza al desterrar el miedo a hablar de estos temas con naturalidad y así evitar, aunque sea poco a poco, la rampante discriminación y poca comprensión del tema.

Necesitamos hablar más de salud mental.

Por Katia D’Artigues

*Este contenido fue publicado originalmente en Opinión 51 el 3 de diciembre, Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Lo replicamos aquí con autorización de sus editoras.


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