ActualidadLa discapacidad y yo

“No solo hay que curar los sentimientos con gotitas, sino curar el alma hablando”

Fotografía de Martha Alicia Ventura, una mujer de edad adulta, cabello de color negro, crespo, blusa con estampado de flores color azul y olanes en la solapa, se encuentra sonriendo frente a la cámara y de pie frente a una reja de metal y detrás de la cual hay un gran árbol verde y cielo despejado de color azul.

Vivir con artritis reumatoide le permitió a Martha encontrar alternativas para mejorar su condición y en el camino aprendió diferentes maneras de ayudar a otras personas a manejar el dolor.

Por Martha Alicia Ventura*

Si pudiera regresar y hablar conmigo misma hace 40 años, cuando comenzó mi enfermedad, me diría: ‘cuídate mucho para que no te enfermes, procura alimentarte bien, no seas necia’, porque a veces uno NO se cuida. Recuerdo en una ocasión que acababa de planchar y la señora me dijo: ‘No te vas hasta que no laves los trastes de la cocina’. Si yo me hubiera armado de valor y le hubiera dicho: ‘No, señora, no lo hago’, quizá ahorita sería otra cosa. 

Soy Martha Alicia Ventura. Tengo 65 años. Soy madre de cuatro hijos: José Agustín, Ramiro Noé, María Cristina y Diego Pineda Ventura. Soy esposa de Agustín. Soy tanatóloga y masajista. Y vivo con artritis reumatoide.

Cuando tenía 24 años comencé con dolor en los dedos de las manos, se me inflamaban mucho, tenía una sensación de quemazón y rigidez. Fui al IMSS, desde que me casé tuve ese servicio y al principio me recetaron Naproxeno e Indometacina y temporalmente me sentí bien.

Luego me hicieron más estudios y me diagnosticaron mi enfermedad. Mis dolores fueron aumentando y no solo mi mano derecha se deformó sino también la rodilla derecha me comenzó a doler.

A principios de los 90, el doctor familiar me mandó con un reumatólogo cuando se me derramó el líquido sinovial de la rodilla. Una doctora lo extrajo y eso me calmó el dolor, pero la enfermedad fue avanzando. 

Le pregunté a la doctora por qué el dolor se había calmado al principio pero ahora regresaba y con más fuerza. Ella me dijo que fuera ahorrando porque al paso que iba terminaría en una silla de ruedas, que por ser de las personas que acuden a atención médica al IMSS era de las personas que no tenía para comprar una silla de ruedas.
Me puse a llorar al escuchar esto de la persona que se suponía me iba a ayudar, cuando en realidad solo te humilla y desanima. 

Salí del consultorio y todo el camino iba llorando. No me importó que la gente me viera, así estuve por tres días hasta que pensé: ‘voy a hacer todo lo posible para salir adelante’. 

Busqué otras alternativas en la medicina natural que es costosa, por eso mucha gente no la sigue. Tomé talleres de cómo cambiar mi alimentación y conocer las bondades de las plantas, ahí conocí a personas que me ayudaron y compartieron sus conocimientos y todo lo que me decían que hiciera, yo lo hacía.

Entré a un centro comunitario gracias a un párroco moderno, extranjero, que estaba a cargo de la parroquia de San Pedro Apóstol en la comunidad de La Cañada, en Naucalpan, Estado de México. Durante muchos años también di catequesis ahí.

Me puse a apoyar personas que daban consultas, ganaba un dinerito y me metí a estudiar nutrición, masoterapia y luego auriculoterapia (una técnica derivada de la acupuntura que estimula el pabellón externo de la oreja) y medicina alternativa. Aprendí a preparar jarabes, tinturas, pomadas y hasta practicar la orinoterapia. También di clases de lo que aprendí.

Para ese entonces ya no tenía que trabajar, mi hijo mayor, Agustín ya había terminado la universidad. 

También estudié tanatología porque me gusta mucho estar en contacto con la gente. Las flores de Bach ayudan a curar los sentimientos, pero me di cuenta que no solo hay que curar los sentimientos con gotitas, sino curar el alma hablando.  

Me gusta que las personas me platiquen sus problemas, cómo se sienten; si puedo apoyarlas y escucharlas, eso me llena mucho. 

También una de las actividades que más disfruto es dar masajes relajantes, a pesar de que tenga las manos un poco chuecas, ¡pues hasta ahora la gente no se ha quejado de que las lastime!

Yo trabajé desde los seis años. Mi mamá era madre soltera, trabajaba en casas particulares y me dejó con una señora a la que le hacía compañía, una muchacha que se acababa de casar. Ahí yo lavaba los trastes, barría, trapeaba, pero no me gustaba porque me hacían acostar en el suelo. Luego mi mamá me llevó a otra casa.

Ya después tocó la época de entrar a la primaria a los 7 años, pero como me gustaba trabajar, terminé la primaria hasta los 15 y seguí trabajando en casas. A los 16 años me casé (recuerdo que mi mamá tuvo que dar su consentimiento porque era menor de edad). A los 17 tuve mi primer hijo.

Aprender del dolor

De mi enfermedad he aprendido que hay momentos en los que sí debo apapacharme. Que debo tomar mi medicamento cuando me duele y procuro cuidarme en la alimentación. Cuando doy masaje ya no mojarme las manos, descansar un rato. Es muy importante no pasar de calor a frío nunca. 

A veces siento que la gente me ve con lástima, ‘¿A poco sí puede?’ ‘¿no le duele?’… y yo solita me digo: “sí puedes, tú puedes salir adelante. No es necesario que la gente te esté compadeciendo. Tú puedes, Martha.” 

Yo solita me abrazo y trato de hacer las cosas. No sé si es orgullo, pero me demuestro a mi misma que sí puedo.

A veces cuesta trabajo pedir ayuda, una a veces es orgullosa.  

Hoy en la mañana me pasó: quería abrir una botella y no podía. Y me dije, “para esto tienes boca”. Fui con mi vecina, quien siempre me dijo que ella estaba dispuesta a ayudarme en lo que se me ofreciera. 

Una tiene que hablar para pedir ayuda, si se queda callada, se frustra.

Y esto es una parte de mi vida y lo que he aprendido gracias a vivir con artritis reumatoide. 

¿Te interesa leer la historia de Agustín Pineda, hijo mayor de Martha Alicia? Da clic aquí.

Martha Alicia Ventura* es tanatóloga, masajista, practicante de medicina alternativa y mujer que vive con artritis reumatoide.

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