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Neurodiversidad: la celebración pendiente

Fotografía de Xavier Tello

La neurodiversidad no es una enfermedad ni las personas en el espectro autista necesitan ser curadas. Lo que se requiere es más investigación en neurociencias.

Por Xavier Tello

El 18 de febrero solía marcar el “día mundial Asperger”. Sin embargo, como se publicó aquí mismo, esta fecha coincide con la del nacimiento del infame médico austriaco (y de afiliación nazi), que identificó inicialmente a los niños con esta condición y los estudió como pacientes psiquiátricos. El síndrome de Asperger es el epónimo con el que se identifica a las personas que presentan ciertas características conductuales y neurológicas particulares y que recientemente han sido catalogadas dentro del espectro autista. 

La tendencia actual es que la condición del espectro autista se reconozca mundialmente el 2 de abril.

En los últimos años, ha venido aumentando el consenso entre neurólogos y psiquiatras, en el sentido de dejar de considerar a las personas dentro del espectro autista como enfermos (pacientes) sino como parte de una diversidad neurológica. Una neurodiversidad.

“Neurodiversidad” aún es un neologismo. Sencillamente, al escribir este texto, el draconiano procesador de palabras no la reconoce y el concepto es tan novedoso que intentaré explicarlo de una manera sencilla.

Según la Universidad de Harvard, el concepto de neurodiversidad establece que las personas pueden reconocer su medio e interactuar con éste de diferentes maneras.

“No hay una manera correcta de pensar, aprender o comportarse y las diferencias no se aprecian como déficits”.

Para entender la neurodiversidad, hay que ser tajante en algo: el espectro autista tiene su origen en el cerebro. Los “trastornos” o diferencias en la conducta provienen de la actividad neurológica de cada persona. 

Cada cerebro es distinto en cada ser humano, como lo es el pelo, las manos o los ojos. No hay dos hígados ni dos corazones idénticos; vaya ni siquiera el desempeño físico es el mismo entre dos personas. Si fuera así, todos podríamos correr maratones, escalar cumbres altísimas o permanecer varios minutos bajo el agua. 

Cada persona es distinta. Sin embargo, históricamente ha costado trabajo aceptar las diferencias. Costó muchos años que las escuelas no impusieran a los alumnos el uso obligatorio de la mano derecha y, sin embargo, hoy, un pitcher zurdo es terriblemente valioso para un equipo de béisbol. 

De eso es de lo que habla la neurodiversidad. De entender que, como cada cerebro es distinto, habrá personas que tengan diferentes percepciones y diferentes habilidades dentro del espectro autista. Vaya, hoy se sabe que existen diferencias estructurales comprobadas con neuroimagen entre niños y niñas con autismo.

En algunos casos, la sensibilidad aumentada de la piel los hace no tolerar el contacto con muchas fibras. En otros, los sonidos fuertes o de frecuencias altas pueden alterarlos. No es poco común observar que las personas en el espectro autista gustan de usar “hoodies”, las capuchas integradas a sus sudaderas como una manera de amortiguar el ruido y las sensaciones externas.

Desde el punto de vista de las relaciones, pueden querer evitar el contacto con otros; desde el físico hasta las conversaciones. El lenguaje puede ser un obstáculo ya que la capacidad para otorgar el sentido subjetivo a frases o metáforas puede interpretarse de manera distinta.

Nada de esto es una enfermedad, es solo una variación debida a una particularidad personalísima. Es el equivalente a que nos guste o no algún sabor, algún aroma o alguna película.

En algunos casos, la diversidad en la estructura cerebral puede traducirse en variaciones de la conducta que hacen difícil y, en ocasiones, imposible la relación de la persona con el medio y su familia. Esto se considera una discapacidad y estas personas necesitan ayuda, de la misma forma que lo requiere una persona con artritis severa, diabetes o parálisis cerebral. La cobertura por aseguradoras o la extensión de beneficios por la seguridad social, es un tema cuya discusión apenas comienza.

En el pasado, como con muchos padecimientos psiquiátricos (que, por cierto, también tienen un origen neurológico), las personas con neurodiversidad fueron objeto de inhumanos tratamientos e incluso de aislamiento y reclusión. Hoy en día, la tendencia es la de incluir a las personas con neurodiversidad y abrazar sus habilidades como la gran capacidad de concentración, el orden, su enfoque en tareas técnicas y en no pocos casos avanzadas capacidades matemáticas, de cálculo o codificación en computación. 

La neurodiversidad no es una enfermedad ni las personas en el espectro autista necesitan ser curadas. Lo que se requiere es más investigación en neurociencias para entender estas variaciones y sobre todo, políticas de salud y legislación para incluirlas al cien por ciento en los planes de educación, centros de trabajo y apoyos cuando su discapacidad lo requiera.

Lo más importante: como sociedad, debemos aprender y entender que, con el paso del tiempo, más personas con neurodiversidad, hoy ocultas, saldrán a la luz y debemos, por ello, ser cada vez más incluyentes.

Es tiempo de entender, apreciar y abrazar la neurodiversidad.

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