Fotografía de Rafa Jaime, el primer ciego iberoamericano en alcanzar la cima del Denali, el Alaska. En la imagen se le aprecia con su traje de montañismo, especial para las bajas temperaturas, es color anaranjado y le cubre prácticamente la cabeza. Lo que se alcanza a apreciar de su rostro, porque lleva lentes especiales para la nieve, es su sonrisa.
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“Mi mejor herramienta para hacer esto es mi ceguera”: Rafael Jaime

El primer ciego iberoamericano en llegar a la cumbre del Denali, una de las montañas más desafiantes del mundo habló con Yo También a pocas horas de pisar suelo mexicano y compartió no solo su reciente experiencia sino el trabajo que realiza cada día para conquistar la cumbre más alta, que es la vida misma.

Por Regina Moctezuma

Hace apenas unos días, el 29 de junio, Rafael Jaime (@rafajaimemx) se convirtió en el primer ciego iberoamericano en llegar a la cima de la montaña Denali, en Alaska, una de las siete cumbres más altas del mundo y considerada por muchos la segunda más difícil por sus bajas temperaturas. Cuatro meses antes, conseguía lo mismo en Aconcagua, la montaña más alta de América. 

Es un logro compartido con su amigo y compañero de alturas Omar Álvarez (@omaralvarezmx), con quien creó Cordada Obscuras (@cordadaobscuras), un proyecto cuya misión es encumbrar las siete montañas más altas de cada continente.  “Una cordada es un equipo de montañismo unido a una cuerda, lo cual te habla de compromiso, lealtad, confianza, de trabajo en equipo, de compartir sueños y de llevarlos a la acción”, explicó recientemente Omar en una entrevista televisiva. 

Rafa sube montañas como un reto personal, pero sobre todo para retar a otros. “No para animar a subir montañas como tal, sino a salir, a conocer el mundo y eso empieza desde que cruzas la puerta de tu casa, desde que te atreves a hacer cosas fuera de lo cotidiano, a romper rutinas e inercias. El día en que empiezas a conocerte a ti, empiezas a conocer el mundo”, dice quien además es conferencista a nivel internacional. 

A pocas horas de haber pisado suelo mexicano, Rafa platicó con YoTambién sobre su reciente cumbre, sus experiencias de vida, sus retos personales y las cimas que le restan por conquistar. 

“La verdadera cumbre es regresar a casa”, publicaste en tu cuenta de Instagram después de alcanzar la cima del Denali y me emociona mucho poder platicar contigo justo ahora que vuelves a México. ¿Qué es lo primero que harás al llegar a casa?

Lo primero que haré, sin duda, es ver a mi familia. Me muero de ganas de ir a casa de mis padres, de llegar a mi departamento, a mi espacio. En la montaña te das cuenta de que las cosas simples, allá arriba son lujos: el poder tomar un baño con agua calientita, el tener un plato bien servido sobre la mesa, ropa limpia. 

Llegar a casa es llegar a Durango, ¿cierto?

Sí. Nací en Salamanca, Guanajuato, pero a los ocho meses de nacido me fui a vivir a Durango. Soy un híbrido entre rana y alacrán. 

No puedo dejar pasar esta analogía. ¿Cómo influye en tu día a día, en tu pasión por el deporte, ser una persona que se considera híbrida?

Creo que hay que ser híbridos para adaptarnos a todas las circunstancias que hay allá afuera. Al final del día, una de las máximas en la vida de los seres humanos es el factor adaptación. La única constante en nuestras vidas es el cambio y, si no eres capaz de adaptarte, te mueres en la página uno. 

A causa de cáncer perdiste tu primer ojo a los 5 años, eras muy niño y a veces tenemos pocos recuerdos de nuestra infancia. ¿Recuerdas algo de esa etapa?

Tengo recuerdos muy vívidos. Recuerdo a qué jugaba cuando tenía mis dos ojos, también el proceso de cuando estuve inmerso en el cáncer, mis quimioterapias. Recuerdo cuando me quitan mi ojo y tenía una prótesis y para mí, como niño, era lo más normal quitármela y perseguir a otros niños. Como niño, fue un tema totalmente natural. Fue un proceso que fue evolucionando. En la adolescencia eso fue cambiando, pues fui parte del famoso bullying, que en mis tiempos le llamábamos carrilla, pues me decían cosas por no tener uno de mis ojos. 

Fotografía de Rafa Jaime y Omar Álvarez en la cumbre nevada del Denali, en Alaska. Los dos visten sus trajes especiales de alpinismo, en color azul marino. Rafa lleva la cabeza protegida con una especie de turbante color amarillo anaranjado y, Omar, en color oscuro.  Los dos usan lentes protectores para la nieve y de sus trajes cuelgan los arneses de seguridad. Los dos sonríen.
Rafa Jaime y Omar Álvarez en el Denali, la segunda cumbre de su meta de siete.

A los 18 años perdiste tu segundo ojo y con ello, la vista. Percibo en las distintas entrevistas que has dado y en tus redes sociales que vives tu ceguera de una manera muy natural. ¿Cómo lo haces?

La verdad es que no me ha sido tan complicado porque creo que soy el reflejo en ese sentido de mi autoestima y mi autoconfianza. Evidentemente, como todos, tenemos nuestros sube y bajas, y dudamos, y a veces nos levantamos más blanditos y temerosos, pero te puedo decir que 90% del tiempo he tomado la vida en general, no solamente mi ceguera, con buena actitud porque soy el reflejo de la educación, el ánimo y la forma en que ha vivido mi familia: mis padres y mi hermana. Ellos han sido personas sumamente trabajadoras, personas que buscan posibilidades, que hacen magia con poquito y con mucho, que se reinventan. Personas conscientes de que cuando hay problemas solo hay dos caminos: resolverlo o si no tiene solución, seguir adelante. 

Es cierto, somos mucho lo que vivimos y lo que vemos en nuestros padres.

Exacto, por eso creo que mi gran fortaleza para asumir lo que pasé a los 18 años, fue mi familia. 

¿En qué momento empiezas a involucrarte tanto en el deporte? ¿Hay alguien que te impulsa, un primer guía tal vez?

No necesariamente. Lo que sucedió es que después de perder la vista empecé a buscar la manera de tener una vida 100% normal: volver a estudiar, volver a hacer cosas que cualquier persona haría, porque cuando pierdo la vista mis papás me proponen meterme a una universidad para ciegos y yo ahí les dije: “A ver, a ver, momento, ¿por qué me tienen que clasificar y sectorizar en ciegos con ciegos, güeros con güeros. No va por ahí la cosa”, entonces empecé a tocar puertas para incluirme, porque yo creo que es imposible que el mundo se adapte a mis necesidades, es más fácil que yo me adapte al mundo. Haya o no haya los medios, me corresponde a mí crear mi accesibilidad al mundo, crear herramientas para que las personas puedan tener una interacción conmigo. 

Si entiendo bien, tu enfoque es ir creando esa accesibilidad dentro de tus posibilidades. Claro, un mundo cada vez más accesible es lo ideal, pero en lo que eso sucede, tú has decidido no esperar a que alguien más te resuelva.

Exacto. Es ahí cuando empiezo a hacer un poco de deporte, sobre todo pesas, porque me di cuenta de que cuando lo practicaba, mis emociones o pensamientos negativos, de dudas o miedos, no tenían espacio. Llámale endorfinas, concentración, lo que tú quieras, pero era como mi terapia. El deporte se convirtió en mi psicólogo. Empecé a correr en pista 100, 400, 800 metros planos. Fui a una Paralimpiada Nacional en Puebla 2007 y ahí sucedió algo que cambió las cosas. Sin generalizar, creo que en México a la discapacidad se le ve como un tema de lástima, de adulación, de que pobrecitos, que si somos guerreros, bendiciones o ángeles. Yo no soy nada de eso. Yo soy Rafa y punto. No me gustó ser clasificado. Yo no tengo una discapacidad, yo simplemente no veo, eso es todo. La ceguera no me define, es un aspecto accesorio como ser gordito, alto, flaco, güerito, del norte o del sur. 

¿Es después de esos juegos que decides hacer deporte donde y como tú quieras?

Exacto. A pesar de que me va muy bien, decido salirme de ese rubro. Decido que no quiero competir en una justa únicamente para personas con discapacidad. Que quiero correr donde quiera y hacer el deporte que yo quiera. Empecé entonces a explorar, a hacer triatlones, Ironman, carreras de ultra distancia por montañas, por desiertos, y con ello a romper algunos paradigmas sociales y obviamente personales, en el sentido de que muy pocas personas con ceguera se atrevían a hacer. Más que generar los títulos de ser el primero en conseguir algo, es más bien mi manera de levantar la mano para decir que aquí hay oportunidad para todos. 

¿Y cuándo decides ir por las montañas?

La verdad es que siempre he sido más fácil que la tabla del 1, entonces a todo lo que me invitan o me proponen yo digo que sí, porque creo que es una forma de aprender, de romper dinámicas y rutinas, te da la oportunidad de conocerte, de tener más perspectivas del mundo y una amplitud más grande de lo que hay afuera, y en ese momento yo tenía una novia montañista que me invitó a subir el Pico de Orizaba, la montaña más alta de México. Eso fue en agosto de 2018 y desde entonces decidí hacer montaña. Primero enfocado más en las de México, hasta que conocí a mi amigo Omar Álvarez en el Izta. 

¿Y qué pasó?

Empezamos a platicar a distancia, luego fue a visitarme a Durango y los dos teníamos hambre de hacer muchas cosas, y decidimos encarar un proyecto juntos, Cordada Obscuras, con el cual nos propusimos hacer las siete montañas más altas de cada continente, el Seven Summit. Son siete porque a América lo dividen en dos (norte y sur) y cuentan a la Antártida como un continente.

Y ya alcanzaron dos cumbres de esas siete, ¿correcto?

Sí. Empezamos con la tercera más difícil que es la Aconcagua, luego hicimos la segunda más compleja que es la Denali, que incluso muchos la consideran más difícil que el Everest por ser más técnica y por sus bajas temperaturas.

Fotografía de Rafael Jaime y Omar Álvarez sentados en la nieve, se aprecia que es una cumbre por la inclinación que tiene. La ladera permite apreciar el paisaje, de otras cumbres nevadas entre las nubes blancas contrastando con el azul del cielo.  Omar, con equipo en color negro, toma su bastón de alpinismo, una especie de piolet, con la mano derecha y con la izquierda sujeta una cuerda. La capucha de la chamarra prácticamente le cubre toda la cabeza y solo se ven sus lentes azules. Rafa está sentado atrás de él y también sujeta sus cuerdas. Él viste pantalón negro, chamarra anaranjada y carga una mochila roja en la espalda. Usa lentes azules y gorra negra.
Rafael Jaime y Omar Álvarez se preparan para alcanzar más cumbres..

Cuéntame más sobre su experiencia en el Denali.

Te puedo decir que venimos de hacer una montaña durísima donde hubo momentos críticos: un mal paso o un movimiento milimétrico nos podía costar la vida, de avalanchas, de clima contrastante. Fue una montaña sumamente feroz. 

¿Y qué cumbres siguen? ¿Cómo está el plan?

En septiembre vamos a hacer Kilimanjaro y Elbrus, las más altas de África y Europa, respectivamente, y en marzo nos vamos al Everest en Asia. Faltarían dos (Vinson en Antártida y Puncak Jaya en Oceanía) pero dependemos de patrocinios. Para que te des una idea, el Everest por persona cuesta 70,000 dólares. Por ello, próximamente lanzaremos una campaña para recaudar los fondos que hacen falta para subir las montañas de África y Europa. La compartiremos en nuestras redes sociales para quien guste apoyar.

Imaginando estas escenas que me compartes donde están Omar y tú en el punto donde un paso en falso puede ser fatal, me gustaría que me platiques cómo hacen equipo, cómo se complementan con sus puntos fuertes y sus necesidades.

Justamente de eso se trata, de compaginar nuestras mejores capacidades, fortalezas y entender también las debilidades de cada uno. Por ejemplo, en esta montaña hubo cosas que yo no podía hacer de manera autónoma y yo le decía a Omar que me costaba trabajo, en el ego, emocionalmente, entender que hay cosas que no puedo hacer por mí mismo, pero en vez de ponerme a llorar o enojarme, pensaba qué otras cosas puedo hacer mientras él estaba haciendo esas otras. Al final del día, Omar y yo siempre lo hemos dicho, ni él me lleva a la montaña, ni yo a él. Nos acompañamos, porque buenas y malas decisiones mías tienen un impacto en él y viceversa. No es pensar como dos, es fluir como uno.

En la montaña, aunque no puedes ver lo que hay a tu alrededor con los ojos, me encantaría que me compartas lo que percibes a través del resto de tus sentidos.

Cuando estoy en la montaña mi imaginación vuela como no tienes idea porque yo tengo las imágenes que pude ver durante 18 años registradas en mi cabeza. Sin embargo, en la montaña mis sentidos están muy alerta por la situación en la que estamos, pero Omar me ayuda mucho a aderezar esas imágenes y esa percepción que yo tengo a través de mis sentidos, porque me cuenta lo que hay, lo que no hay, los peligros, todo. Yo puedo ver la montaña a través de mis pasos, de escuchar el crujir de la nieve, del hielo, de sentir la inclinación de la montaña. Puedo sentir la montaña a través de cómo me acaricia con su viento, de tocar la nieve o las rocas entre mis manos. Puedo ver la montaña a través de sentir su inclemencia, sus contrastes, su fuerza. A veces pienso que estaría de sobra poder ver en la montaña porque me perdería de todas esas otras sensaciones.

Rafa, ¿hay algún consejo que quisieras compartir con las personas que estén en un proceso de pérdida de la vista?

Bueno, dar un consejo de vida como tal, sería irresponsable de mi parte porque la realidad de cada persona es bien diferente e impera entre la educación, la cultura, la familia, los amigos, el entorno, la ciudad. A veces, incluso, podemos estar parados en el mismo lugar, pero la forma en que concebimos el mundo es totalmente diferente.

«Si pudiera decir una sola cosa es que, ante cualquier circunstancia, sea la pérdida de la vista, económica, familiar, la que sea, ante cualquier cambio abrupto de la vida, siempre hay oportunidades para ser, vivir y disfrutar algo diferente».

Rafa Jaime


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