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Los brazos del Doctor Octopus ya están aquí

Fotografía del Doctor Octopus, un personaje creado por la compañía Marvel, un hombre de edad adulta, cabello castaño y rizado, lleva puestas unas gafas de sol, viste una gabardina negra de piel y tiene cuatro brazos de hierro en forma de tentáculos que salen de su espalda, él se encuentra de pie frente a un vagón de tren destrozado.

Las nuevas prótesis en desarrollo se podrán mover con la mente. ¿Cómo resolveremos los conflictos éticos que esto trae?

Por Carlos Tomasini

En la más reciente película de Spiderman reapareció uno de los villanos más legendarios de Marvel, el Doctor Octopus, personaje que tiene unos brazos metálicos similares a los tentáculos de un pulpo, los cuales maneja con su mente a través de un dispositivo conectado a su cerebro.

Hoy esta propuesta tecnológica, publicada por primera vez en los cómics en 1963, es prácticamente una realidad, lo que está generando algunos planteamientos éticos.  

El 11 de enero pasado, se llevó a cabo el panel virtual “Ética en la inteligencia artificial” para presentar en México la Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial, que fue desarrollada por la UNESCO y aprobada por los Estados Miembros durante la sesión número 41 de la Conferencia General de esta organización.

Fotografía de una mujer de rasgos asiáticos, viste una playera de color blanco y tiene un casco de cables de color azul y rojo conectados a su cabeza, se encuentra sentada frente a un escritorio, escribiendo con ambos brazos en el teclado de su computadora, un brazo detrás de su cabeza le coloca una botella de agua sobre su boca.

Ahí participó Christian Peñaloza, doctor en Neurociencia Cognitiva y director del Instituto de Investigaciones en Tecnologías Emergentes Mirai Innovation en Osaka, Japón, quien afirmó que los avances de la neurotecnología, con los que se podrían mejorar las capacidades físicas de los humanos, plantearán nuevos dilemas éticos en el mundo.

Mediante la neurotecnología, explicó Peñaloza, las señales del cerebro se podrán utilizar para operar alguna prótesis usando algoritmos de inteligencia artificial, desarrollo que ya realiza en el instituto donde trabaja.

Por ejemplo, apuntó, existe un proyecto para controlar un robot androide con el cerebro, lo cual genera algunos cuestionamientos, como ¿qué pasa si quien controla a los androides intentara cometer algún crimen o utilizara una identidad falsa para generar relaciones falsas?

Peñaloza señaló que, con la neurotecnología, se trabaja en monitorear ciertas áreas del cerebro que se activan cuando alguna persona pretende mover algún objeto, y son esas señales las que se toman para programarlas en los robots para que tengan movimientos autónomos.

Esta tecnología se puede usar para mover una prótesis o un exoesqueleto, lo que podría ayudar a muchas personas con discapacidad.

En el Instituto de Investigaciones en Tecnologías Emergentes Mirai Innovation se trabaja en la creación de un “tercer brazo” que una persona podría controlar con el pensamiento para realizar más de una tarea a la vez (de hecho, en Spiderman, eso es lo que hace el Doctor Octopus cuando trabaja en sus inventos o cuando lucha contra el superhéroe).

“Ya estamos hablando de cómo potenciar el cuerpo humano y, quizá, en el futuro podamos desarrollar tecnología incluso para aumentar las capacidades del cuerpo”, abundó.

Pero para llevar a la realidad estos adelantos, es necesario acelerar la implementación de medidas éticas que eviten que tecnologías como estas generen desigualdades o quebranten los derechos humanos.

“Como toda tecnología, esto puede tener un doble filo, ya que puede crear desigualdad, debido a que solo tendría acceso a ella la gente que la pueda pagar, y así, la gente que tenga mayor potencial físico será solamente la que tenga dinero para comprarla”, advirtió.

El destino ya nos alcanzó

En diversos círculos ya se habla de que estos avances en la robótica, la inteligencia artificial y otras tecnologías podrían generar un estallido con repercusiones graves y profundas en ámbitos científicos, médicos, sociales, económicos y hasta de seguridad nacional.

Tecnologías como las que propone Elon Musk a través de su empresa Neuralink, que proponen conectar las mentes de las personas a internet, hacen que sea una prioridad establecer límites éticos para su uso.

“Tener un sensor en la cabeza será de rigor en 10 años, al igual que ahora todo el mundo tiene un teléfono inteligente”, aseguró el neurocientífico y profesor de la Universidad de Columbia, Rafael Yuste, en una entrevista hace unos días con el diario español El País.

Y los avances en esa materia parece que van en serio: en 2021, un equipo de la Universidad Stanford logró que pacientes con parálisis y que no pueden hablar escribieran basados ​​únicamente en el pensamiento a través de tecnología implantada.

Desde hace varios años, la ciencia trabaja en redes neuronales para temas como el reconocimiento de imágenes, pero ahora están logrando modelos generativos que puedan crear textos, diálogos o imágenes.

El Doctor Octopus, aunque no deliberadamente, terminó por hacer un mal uso de los avances tecnológicos. No es mala idea utilizar su ejemplo para empezar a debatir y solucionar los conflictos éticos que estos traen.

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