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Las vacunas que nos faltan. (No esas. Las otras)

Fotografía en blanco y negro con líneas sobre el rostro de Xavier Tello, un hombre de edad adulta, calvo, ojos grandes, sonríe levemente frente a la cámara, lleva puesto un saco, camisa y corbata, tiene sus brazos cruzados al frente.

Hasta el 2018, México tenía un programa de vacunación que era universal, gratuito y casi obligatorio. Eso desapareció. El riesgo es que regresen enfermedades ya erradicadas, como la poliomielitis.

Por Xavier Tello*

¿Tuviste polio? Yo tampoco. ¡Gracias ciencia!

Una frase que se ha convertido en un objeto de culto y que podemos encontrar en tazas, playeras y “bumper stickers”, favorita de médicos, pediatras, inmunólogos, científicos y “nerds”.

Y no es para menos. Quienes tenemos más de 50 años recordamos haber conocido a alguien con secuelas de polio, caminando con muletas o en una silla de ruedas. Quienes tienen 70 años o más, vieron a varios amigos enfermar gravemente y en algunos casos morir. Los que se recuperaban padecían una parálisis progresiva que los dejaba prácticamente inmovilizados de los miembros inferiores o en muchos casos, con una debilidad que les impedía respirar por sí solos y hacía depender de por vida de enormes aparatos de hierro llamados “pulmones artificiales”.

 Yo solo he visto una vez uno de esos aparatos. Fue hace unos años en el Museo de la Cirugía en Chicago. Solo un puñado de personas sobreviven aún en esas cosas.

Los esfuerzos internacionales coordinados por la OMS y sus oficinas regionales y donde participan desde hace décadas, varias organizaciones filantrópicas que van del Rotary International a la Fundación Bill & Melinda Gates, se han dado a la tarea de erradicar esta enfermedad en el mundo y están a punto de tener éxito. El 99.9% del planeta está libre de polio, quedando solo dos países donde esta devastadora enfermedad es endémica: Afganistán y Pakistán. 

Gráfico de dos mapamundis que comparan 1988 y 2020. En el primero, se ve gran número de países, México entre ellos, iluminado de azul oscuro con el que representan la presencia de casos de poliomielitis.  En el segundo, el color azul oscuro solo permanece en dos países Afganistán y Pakistán.
La falta de vacunas en México contra la poliomielitis y otras enfermedades significa un riesgo.

Lamentablemente, la ignorancia, la guerra y ahora la pandemia de COVID-19, han dificultado terminar un trabajo que salva vidas. A decir del Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), más de 18 millones de personas podrían padecer parálisis por polio en este momento y muchas haber muerto, pero gracias a las vacunas no es así. 

Sí, las vacunas salvan vidas y en México lo sabemos bien. Con uno de los programas de vacunación más ambiciosos y mejor logrados, nuestro país solía ser uno de los líderes en inmunización en el mundo. 

Hasta el año 2018, México tenía un agresivo programa de vacunación que incluía biológicos para 14 enfermedades:

  • Polio
  • Tuberculosis
  • Difteria
  • Rubeola
  • Tosferina
  • Tétanos
  • Parotiditis (paperas)
  • Haemophilus influenzae b
  • Hepatitis B
  • Rotavirus
  • Neumococo
  • Virus del papiloma humano
  • Influenza estacional

Este ambicioso programa logró que la mortalidad infantil disminuyera de 51 niños fallecidos por cada mil en 1980 a 12.9 en 2013. Dos de las vacunas administradas en México: Hepatitis B y virus de papiloma humano, son capaces de prevenir dos tipos de cáncer.

Un programa universal, gratuito y casi obligatorio. 

Pero, si en México sabíamos cómo vacunar ¿qué ha pasado en los últimos dos años? Un misterio. 

En una desafortunada colección de malas decisiones, de manera súbita desaparecieron las campañas de vacunación; esos esfuerzos nacionales que tradicionalmente conjuntaban a las secretarías de salud de todos los estados, con las instituciones como IMSS, ISSSTE, PEMEX y las Fuerzas Armadas en las famosas “Semanas Nacionales de Vacunación” y posteriormente en las “Semanas Nacionales de Salud”. 

Fotografía de un pulmotor o pulmón artificial que se usaba para ayudar a respirar a quienes quedaban con secuelas graves por poliomielitis. Ese aparato está en el Museo de Chicago. Muestra un cilindro de hierro con un par de ventanas con medidores de oxígeno. A un lado, en una vitrina de cristal, se muestran los chalecos y equipo ortopédico que debían usar las personas que se contagiaban de poliomielitis, así como un par de muletas antiguas de madera.

Todos las recordamos: Puestos de vacunación en plazas, parques, mercados, estaciones del metro, de autobús, aeropuertos o escuelas. Brigadas de salud viajando de puerta en puerta vacunando niños y adultos por doquier. Todo eso se quedó en el olvido y con ello la capacidad de vacunar a literalmente, millones de mexicanos en una sola semana. 

Luego vino el desabasto. Sus primeros síntomas los vimos al faltar, a finales de 2019, la vacuna contra el sarampión (triple viral) y que, en una macabra coincidencia, sucedió al tiempo de un brote de sarampión que llegaba desde Estados Unidos. 

Paradójicamente, al llegar la pandemia la cuarentena obligada terminó con ese brote, pero durante muchos meses (ya más de 18) millones de niños se quedaron sin vacunas. 

Un desabasto masivo de medicamentos e insumos que se ha convertido en un debate social y político y un miedo normal de los padres de familia de acudir a las pocas unidades de salud que daban servicio, ha tenido como consecuencia un retraso monumental en los esquemas de vacunación. No son pocos los reportes de recién nacidos que no fueron vacunados contra la tuberculosis antes de salir del hospital donde nacieron o de padres cansados de buscar dosis de vacunas pendientes en diferentes centros de salud. 

¿A dónde llegará el problema? No lo sabemos. Sin embargo, debería ser una de las prioridades del gobierno y del sistema de salud. 

Lamentablemente, como se ha convertido también en costumbre, no contamos con sistemas de seguimiento, bases de datos o reportes que nos digan el estatus del problema en tiempo real. 

Para estas alturas, la Secretaría de Salud debería haber ya lanzado un portal web de consulta para que los padres de familia supieran en qué unidad médica hay cuántas dosis de cada vacuna; de este modo podrían hacer citas para regularizar a sus pequeños (y ancianos). De paso, este sistema podría convertirse en una app que permitiera llevar el récord de cada mexicano. Sin embargo, en una administración caracterizada por la austeridad y donde la falta de visión tampoco considera incluir a niños y adolescentes en la inmunización contra COVID-19, esto se ve imposible. 

De la misma forma, la comunicación oficial evita hablar del problema, pero tampoco invita a acudir a los centros de salud. El programa de vacunación se encuentra simplemente, en el olvido. 

México erradicó la polio en 1999 y ha tenido solo un puñado de casos de sarampión en los últimos 20 años. Ya no conocemos la difteria, el tétanos neonatal, la rubeola o la meningitis por Haemophilus inluenzae y -honestamente- queremos que siga así. 

Nuestro país fue campeón en vacunación. Merece volver a serlo.

* El autor es Médico Cirujano y analista en políticas de salud.

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