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El riesgoso caso de los creadores de contenido que son los terapeutas de facto de millones de personas 

Issey Moloney

Debido a la demanda explosiva de material para subir a redes sociales y las pocas garantías de la seriedad de lo que producen, los creadores de contenido sobre salud mental tienen que definir su propia ética.

Issey Moloney se inscribió en la terapia del Servicio Nacional de Salud británico cuando tenía apenas 12 años. Estuvo en lista de espera durante cuatro años. Durante todo ese tiempo, las redes sociales la ayudaron a sentirse menos sola, dice esta joven de 17 años que vive en Londres. Se conectaba con gente en línea cuando la pandemia la aisló de sus amigos de la vida real. 

Con el tiempo, empezó a crear sus propios contenidos. Ahora tiene 5.9 millones de seguidores en TikTok (85% de ellos son mujeres jóvenes de entre 14 y 18 años) y ya tiene una colección de videos sobre amigos, relaciones y salud mental.

Este caso es uno de los tantos que trae un reportaje especial publicado por Tatum Hunter en el periódico Washington Post. 

Según la nota, en algunos casos, el contenido que hace Issey se trata de clips generales, como una breve oda a la relación entre los enfermos mentales y la pasta, mientras que en otros se abordan diagnósticos reales, como «señales de que podrías tener trastorno límite de la personalidad (TLP)”.

A veces, la gente le pide a esta mujer que se ocupe de enfermedades concretas. Ella procura investigar durante al menos una semana, consulta sitios web y foros de mensajes y entrevista por mensaje directo a personas que viven con el diagnóstico en cuestión. No obstante, añade deslindes de responsabilidad:

«Todo el mundo enfrenta los ataques de pánico de forma diferente y no todos sienten lo mismo».

Issey Moloney es una influencer. Su formación no es formal y a menudo se refiere a sentimientos que son hasta cierto punto universales, como la ansiedad y la depresión. En ocasiones, algunos seguidores la acusan de patologizar el mero hecho de «ser una adolescente» o de fomentar el autodiagnóstico.

Eso ocurre en el activo mundo virtual pero, en la vida real tanto la información como la atención en materia de salud mental son escasas. 

En Estados Unidos, agrega el artículo del Washington Post, uno de cada tres condados no tiene un solo psicólogo titulado, según la Asociación Estadounidense de Psicología, y los estadounidenses afirman que el costo es el principal obstáculo para buscar ayuda en materia de salud mental. 

En internet, sin embargo, los consejos sobre salud mental están por todas partes: desde videos de TikTok fáciles de ubicar con el hashtag #mentalhealth, etiqueta que ya suma más de 43,900 millones de visitas, según la empresa de análisis Sprout Social, y las menciones a la salud mental en las redes sociales aumentan año con año.

La creciente popularidad del tema es una señal de que los creadores de contenido digital sobre salud mental están llenando un vacío en la atención sanitaria. Pero las aplicaciones de las redes sociales no están diseñadas para dar prioridad a la información precisa y útil, dicen los críticos, sino a cualquier contenido que atraiga la mayor reacción. 

Los jóvenes podrían ver cómo sus problemas más profundos se convierten en carne de cañón para los anunciantes y los autopromotores. Sin una hoja de ruta ni siquiera para los profesionales autorizados, los creadores de salud mental empiezan a definir su propia ética.

«No quiero dar a nadie un consejo equivocado», dice Moloney en el reportaje del periódico estadounidense,

“algunos de mis seguidores se han puesto a llorar y a decir ‘gracias’ y cosas así. Aunque parezca poco, para otra persona esto puede tener un impacto realmente grande».

A medida que las tasas de depresión y ansiedad se disparaban durante la pandemia y las opciones de atención accesible disminuían, los creadores de contenido en línea compartieron una serie de materiales que incluían desde relatos en primera persona sobre la vida con enfermedades mentales hasta videos que enumeraban los síntomas del trastorno bipolar. En muchos casos, su número de seguidores se disparó.

Tanto los creadores como los seguidores afirman que el contenido es útil. También reconocen que adoptarlo conlleva riesgos como la desinformación y el autodiagnóstico pernicioso. Se ha criticado a algunas cuentas de alto perfil por compartir consejos no respaldados por la mayoría de los profesionales. Muchos creadores venden cursos y libros o se asocian a la publicidad, lo que abre la puerta a conflictos de interés. Gran parte del contenido en línea se limita a decir a los oyentes lo que quieren oír, dicen los creadores, y afecciones relativamente raras, como el trastorno narcisista de la personalidad, reciben una atención desmesurada, y los comentaristas diagnostican a sus personas menos favoritas. 

Y gracias a los algoritmos, las personas que muestran interés por este tipo de contenidos ven más.

A veces, los creadores se encuentran ante una oleada de mensajes de sus seguidores o luchan por controlar cómo el público interpreta sus contenidos.

«Es muy extraño verme a mí misma convertida en un objeto mercantil para definir la ‘enfermedad mental’, y hasta cierto punto ser devorada por el algoritmo que anima a la gente a seguir este camino», dijo al periódico Rayne Fisher-Quann, que habla abiertamente de sus luchas con la enfermedad mental con sus 225 mil seguidores en TikTok. «Hay un esfuerzo concertado para sacar provecho de las enfermedades mentales y, en particular, de las enfermedades mentales de las mujeres jóvenes. Es un producto muy comercializable en estos momentos».

Pese a que organizaciones profesionales como la Asociación Estadounidense de Orientación emiten algunas directrices sobre las redes sociales, tienden a malinterpretar o ignorar las exigencias de la llamada ‘economía de los creadores’, señalan los terapeutas. Los no profesionales, por su parte, pueden decir casi cualquier cosa con pocas consecuencias. Los jóvenes no siempre pueden distinguir entre expertos y piratas informáticos, dicen los creadores.

«Incluso si un terapeuta no está en las redes sociales, sus clientes sí lo están, y esos clientes quedan impactados por lo que ven en las redes sociales, y llevan eso directamente a la sesión», dijo Sadaf Siddiqi, una creadora en Instagram y terapeuta titulada, al Washington Post.

La formación es valiosa y también lo es la experiencia

Muchos creadores de contenido para redes sociales no son expertos, y muchos dicen que los expertos les han fallado previamente.

La bandeja de entrada de Fisher-Quann está llena del tipo de preguntas que le susurrarías a un mejor amigo a medianoche como: ¿Estos sentimientos difíciles significan que tengo depresión? ¿Tener una experiencia sexual queer significa que soy gay?

Si la pregunta se refiere a algo que ella ha vivido, puede responder. Otras veces, los mensajes quedan sin respuesta, menciona esta escritora y crítica cultural de 21 años. De vez en cuando, la gente le manda un mensaje diciendo que está pensando en suicidarse, y ella dice que los orienta hacia instancias profesionales. Pero le duele saber que puede que no reciban la ayuda que necesitan en el mundo real, dice Fisher-Quann. «Debido a ese fracaso institucional, no me siento cómoda diciendo básicamente a la gente que busque  ayuda profesional», cuenta. «Pero también soy muy crítica con las plataformas capitalistas en las que la gente se presenta como experta y ofrece consejos que en determinado momento podrían ser muy miopes».

Decidir quién puede ser un experto no siempre es sencillo.

Klara Kernig, una creadora en Instagram con 159 mil seguidores, se describe a sí misma en su biografía como una «experta en agradar a la gente». Se ha ganado ese título gracias a la experiencia, dice a la reportera Tatum Hunter. 

Después de abandonar el programa de doctorado con el que soñaba, en contra de los deseos de su familia, relata Kernig, empezó a aprender sobre codependencia, trauma y «agradar a la gente» en libros y en internet. Ahora está mucho más sana, asegura, y elabora sus propios contenidos sobre salud mental, entre los que se incluyen «5 cosas que pensamos que son agradables y que son comportamientos para complacer a la gente».

«No quiero desprestigiar a los terapeutas, pero también quiero decir que hay otras formas de educar a la gente y de tener esa información», dice en el reportaje.

«Puede que incluso ponga algo que esté mal, y entonces espero que mi comunidad y también los terapeutas de allí me lo señalen de forma cariñosa».

Algunos creadores se encargan de rebatir contenidos que no están respaldados por la investigación. 

La profesora de psicología Inna Kanevsky, del San Diego Mesa College (que es además creadora de TikTok con una audiencia de 1.1 millones de personas), suele rebatir lo que considera afirmaciones irresponsables en los videos publicados por otros creadores. Algunos de los sujetos de sus críticas han dicho que Kanevsky les habla con tono despectivo, invalida sus experiencias o malinterpretan sus intenciones. «Es divertido porque la gente dice: ‘Eres pasiva-agresiva'», dice Kanevsky. «Y yo digo: ‘No, soy agresiva-agresiva’. Si publicas tonterías, te lo voy a decir».

Controlar el mensaje pero desconocer sus efectos

Los creadores de contenido sostienen que hay una gran diferencia entre dar consejos terapéuticos y crear contenidos que intenten ser afines. Pero esas líneas pueden difuminarse rápidamente.

Además de publicar para sus 129 mil seguidores de Instagram, Siddiqi trata a sus clientes por videollamada. A menudo le envían posts de otros creadores de salud mental para que los analicen durante sus sesiones, y ella les ayuda a evaluar la información y decidir si aplica en su caso.

Según Siddiqi, las publicaciones dan lugar a buenas conversaciones y a conocimientos más profundos. Pero le preocupa hacia dónde conduce el algoritmo a la gente después y si el público se da suficiente tiempo para reflexionar. Es común que las personas que no tienen apoyo en la vida real malinterpreten los contenidos sobre salud mental o que se etiqueten equivocadamente a sí mismas o a otros, dice.

La idea de que las personas reconstruyan sus experiencias en materia de salud mental por medio de una aplicación comercial influenciada por un algoritmo da miedo, pero los críticos tienen que involucrarse, dice Dusty Chipura, que hace videos en TikTok sobre el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y  salud mental. No le preocupa demasiado el autodiagnóstico, porque las personas completamente sanas no suelen ser las que buscan información sobre los síntomas y los tratamientos, afirma. Además, los profesionales de la salud suelen no tomar en cuenta las preocupaciones de la gente, lo que significa que muchas personas con trastornos reales nunca reciben un diagnóstico formal.

Issey Moloney en la alfombra roja del evento "House of Gucci"

«No es necesario  un diagnóstico de TDAH para beneficiarse de los consejos, trucos y estrategias», puntualiza Chipura.

Las audiencias saben que deben tener en cuenta el contexto y no tomar cada palabra que emite un creador como una verdad, menciona Nedra Glover Tawwab, terapeuta titulada y creadora de Instagram con 1.5 millones de seguidores. Como en cualquier otro mercado, los consumidores deben decidir si compran lo que vende un determinado creador, afirma.

¿Quién debería evaluar los contenidos de salud mental?

En el ámbito de la orientación sobre salud mental en línea, la responsabilidad para las plataformas o los creadores es poca si algo sale mal.

En junio, Instagram puso en marcha un programa piloto denominado Well-being Creator Collective (Colectivo de Creadores por el Bienestar), que, según dice, ofrece financiamiento y capacitación a unos 50 creadores estadounidenses para ayudarles a producir contenidos «responsables» sobre el bienestar emocional y la imagen personal.

El programa se hace bajo la dirección de un comité de expertos externos, dice la empresa. Linda Charmaraman, investigadora científica senior y directora del Laboratorio de Investigación sobre Juventud, Medios de Comunicación y Bienestar de los Centros Wellesley para la Mujer, forma parte de ese comité y dijo que, en general, los participantes parecen estar muy interesados en utilizar sus plataformas para el bien.

Por su parte, la empresa TikTok aseguró que se «compromete a fomentar un entorno de apoyo para las personas que deciden compartir sus viajes personales de bienestar y a eliminar la desinformación médica y otras violaciones de nuestras políticas» y agrega: «alentamos a las personas a buscar asesoramiento médico profesional si necesitan apoyo», dijo en un comunicado.

Lo ideal sería que las aplicaciones de redes sociales fueran un elemento adicional en una colección de recursos para la  salud mental, según Jodi Miller, investigadora de la Facultad de Educación de la Universidad Johns Hopkins que estudia las relaciones entre los jóvenes, la tecnología y el estrés.

«Los jóvenes necesitan fuentes de información basadas en la evidencia fuera de internet, de los padres y de las escuelas»,

dijo Miller.

A menudo, esos recursos no están al alcance. Así que  los consumidores son los que escogen los consejos de salud mental que les funcionan, dijo Fisher-Quann. Para ella, los proveedores de servicios de salud son condescendientes y los incentivos distorsionados de las plataformas de las redes sociales no facilitan la tarea. Pero cree que se puede mejorar, y sus seguidores también.

«Todo tiene que venir de un lugar de autoconciencia y deseo de mejorar. Las comunidades pueden ser muy útiles para ello, pero también pueden ser muy perjudiciales», dijo.

Este reportaje del Washington Post es de Tatum Hunter y contó con el apoyo de Linda Chong desde San Francisco.

Traducción: Graciela González. 

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