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La realeza otomana tenía prohibido hablar y tenía su propia Lengua de Señas Imperial

Sultán Osman II del Imperio Otomano.

Sin duda, el imperio otomano fue uno de los más poderosos de la historia de la humanidad pero poco se sabe de los desórdenes mentales que infringieron a sus príncipes ni por qué su Palacio en Constantinopla tenía tanto personal con discapacidad auditiva.

En su máximo esplendor (siglos XVI y XVII), el imperio otomano se expandía por tres continentes, controlaba una vasta parte del sureste de Europa, de Oriente Medio y el norte de África. 

Durante seis siglos desde su centro geopolítico basado en lo que hoy es Estambul, los otomanos (hoy turcos) controlaron el tráfico de Occidente y Oriente. 

La expansión y el poder que llegaron a tener, controlando los principales cruces marinos y terrestres de las grandes capitales del mundo se operaba desde un Palacio –Topkapi– en lo que era por esos tiempos Constantinopla.

Se conocen de sus hazañas bélicas, de la manera en la que ganaron territorio y confiscaron tesoros, de sus riquezas, de su impronta, de sus harenes, pero poco de la manera en la que se elegían a los sultanes que tomarían el poder, en sus jaulas para príncipes ni en el silencio con el que se tomaban decisiones de altísimo nivel. 

Los sultanes a cargo del Imperio debían estar prácticamente incomunicados (para resguardar su seguridad) y obligados a guardar silencio de por vida. 

Una de las cualidades de un buen sultán era el silencio: no podían hablar ni siquiera con sus sirvientes ni con sus amantes por lo que muchos historiadores estiman que esta restricción imperial generó problemas psicológicos en buena parte de los grandes líderes otomanos. 

Hay relatos en Topkapi que hablan de que uno de sus reyes más poderosos, Mustafa I (que reinó entre 1617 y 1618), pasaba los días tirando monedas al mar para que “los peces pudieran gastar dinero”.

Palacio de Topkapi.

Para evitar que cualquier información desde Topkapi se filtrara al exterior, durante los siglos XVI y XVII, los sirvientes y demás funcionarios del Palacio debían ser sordos. Durante su apogeo, Topkapi contaba con 100 empleados sordos.  

Para que los sultanes pudieran expresarse se inventó la Lengua de Señas Otomana también llamada Lengua de Serrallo. El impulsor de esta idea fue el sultán Osman II (que reinó entre 1618 y 1622). 

Desafortunadamente no quedan vestigios de esa lengua que según los historiadores permitía comunicar ideas de gran complejidad y era la preferida de los niños para que les contaran historias. De hecho la primera escuela para sordos entre Asia y Europa se fundó en Constantinopla.

Según el sitio La brújula verde, el escritor español Otavo Sapiencia escribió en 1622 sobre cómo gobernaba el sultán el Imperio Otomano en esos tiempos:

“Toda la conversación del Gran Turco es con mudos, enanos y truhanes, y en Palacio todos hablan a lo mudo, haziendo dello particular profesión, y no quiere otra conversación, sino del dicho género de gente”.

Con la desaparición del sultanato y el imperio otomano, también desapareció su lengua de señas, una herramienta fundamental para evitar filtraciones y chismes que pusieran en riesgo el imperio.

Las jaulas malditas

Pero si ser sultán tenía sus complicaciones, secrecía y aislamiento, la sucesión dentro del imperio otomano (que mantuvo su poder hasta después incluso de la Primera Guerra Mundial) tampoco era algo agradable. A diferencia de la realeza occidental, donde los reyes y reinas llegan al poder por línea sanguínea o por primogenitura, en el imperio otomano cuando un sultán moría, se iniciaba una batalla feroz entre parientes (hijos y hermanos) para elegir al nuevo líder. 

Una vez conquistado el trono, la mayoría mandaba a matar a su descendencia y parientes cercanos para evitar un golpe de estado familiar. 

El primero en implementar este modelo fratricida fue el sultán Mehmed en 1451, quien asumió mientras asesinaban los guardias a sus 19 hijos. 

Las matanzas reales no eran populares ni siquiera entre las dinastías mismas, por lo que en 1600 se determinó que los sucesores de cualquier sultán (los príncipes que pudieran heredar el trono) no fueran asesinados sino enjaulados en un harén Imperial (Kafes) donde no les faltaba nada pero eran vigilados por guardias. 

Solo podían obtener la libertad si eran nombrados sultán.

Muchos de los encerrados (que podían estar lujosamente presos hasta 40 años) desarrollaron desórdenes psicológicos. 

El último sultán otomano, Mehmed VI, que gobernó el imperio entre 1918 y 1922, tenía 56 años cuando accedió al trono, habiéndo pasado toda su vida en la jaula. Fue confinado por su tío Abdulaziz, y tuvo que esperar a que terminaran los reinados de sus tres hermanos mayores para poder salir. Fue el último inquilino del Kafes y el que más tiempo estuvo encerrado, en toda la historia de esta práctica.

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