Fotografía en blanco y negro de cuatro mujeres, tres de ellas están de pie y la que está en medio abraza a las otras dos. Enfrente de ellas está una jovencita en silla de ruedas que usa un vestido claro, que contrasta con la ropa oscura de las mujeres de pie.
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Una mujer tozuda, una máquina de escribir llamada Che y un empuje arrollador: la historia detrás de la primera gran activista mexicana

El 12 de septiembre de 1947 nació Gabriela Brimmer. Hoy, en su memoria, se conmemora el Día Nacional de las Mujeres con Discapacidad.

Por Bárbara Anderson

“La primera vez que vi a Gaby no me atreví a mirarla. Me desconcertaban sus espasmos, el hecho de que se arqueara en la silla o echara totalmente la cabeza para atrás, descoyuntándose. Sin embargo, su mirada confiada, cálida y sobre todo alegre me hicieron que buscara sus ojos, apoyarme en ellos”

Fue en 1976 y así lo cuenta Elena Poniatowska en el libro que publicó con Gabriela Raquel Brimmer Dlugacz tres años después contando su historia. 

Todo empezó con una simple entrevista para un periódico, pero Gaby comenzó a mandarle cartas, poemas, escritos, retazos de su diario personal con la idea de que la ayudara a publicar su biografía. Elena tardó dos años en decir que sí. Y lo sintió casi como un llamado del destino por el accidente que había sufrido uno de sus sobrinos y que lo dejó postrado. 

Entendió que había otras historias que contar y otras maneras de comunicarse con las personas que les cuesta comunicarse.  

Con 47 años, ella ya era una periodista y autora de libros famosa. Con 32 años, Gaby quería ordenar pedazos de su historia, de sus pensamientos, de sus desvelos en un libro que fue muy disruptivo, único y relevador acerca de la vida en blanco y negro de una mujer con parálisis cerebral, una rebelde mujer con un largo camino recorrido en la búsqueda de acceso a la educación superior y otros tantos derechos negados a las personas con discapacidad en México. 

Se volvieron a reunir en 1978; Gaby había adoptado a una bebé llamada Alma, a quien su nana, Florencia Sánchez, cuidaba con la misma dedicación que lo hizo con ella por 24 años.

Juntas escribieron una de las biografías más reveladoras sobre la discapacidad en México: Elena con su manos y Gaby con su pie izquierdo sobre su inseparable máquina de escribir que había bautizado Che (por Ernesto Che Guevara, su ídolo). 

“Quizá la publicación del libro le brinde a la gaviota (como suelo llamarla) la presencia de posibles lectores, amigas y amigos dispuestos a visitarla y quizás también le abra los ojos a los sanos sobre los miles de inválidos que hacemos a un lado porque creemos que no tienen conciencia. Más allá de los espasmos, de los brazos inhábiles, de la silla de ruedas, está una niña fuerte e inteligente, una chava muy buena onda, alivianada, linda de veras, linda de cuerpo y alma. ¿La ven ustedes? Con una cara de pingo, una chavita que desde su silla de ruedas ha sabido trompear con la vida, una chavita cuyos ojos verdes dicen todo lo que ella no formula con palabras, una chavita que sabe que la vida es riesgo y que ha querido arriesgarse, una niña que les tiene a ustedes las manos y la cabeza, una cabeza llena de flores”. Así culmina el prólogo de Elena en el libro de Gaby Brimmer. 

Fotografía en blanco y negro de Gaby Brimmer, en una etapa de juventud. Es una joven con parálisis cerebral, usuaria de silla de ruedas, Aunque la imagen es de frente, ella voltea sobre su hombro derecho. Usa un suéter claro y pantalón oscuro. Tiene el cabello lacio, cortado en forma de hongo, con fleco tupido. Su nariz es larga y recta.  La silla de ruedas está en un jardín.
Gaby Brimmer. (Fotografía de la Fundación Elena Poniatowska Amor).

“Mi pie-boca”

A la mamá de Gaby, Sari, le costó muchísimo conseguir escuelas ‘no especiales’ que recibieran a su hija en el Distrito Federal. Ya desde los 8 años ella y su nana de toda la vida, Florencia, habían logrado comunicarse usando tarjetas que señalaba con el dedo gordo de su pie izquierdo. Ese dedo fue su espada, su pluma y su palabra. 

“Fue por Florencia que se dieron cuenta que yo me podía comunicar con el cerebro a través de mi pie izquierdo porque yo jugaba con ella, le devolvía la pelota”,

relata Gaby en su biografía.

Su nana había llegado desde Oaxaca a vivir en su casa para ayudar en las tareas domésticas, pero rápidamente dejó la ropa y los trastes por cuidar y entender a una niña rodeada de bolsas de arenas y sábanas en el jardín que pedía jugar. Sin sesgos, sin miedo, pero con una enorme capacidad de observación (y cariño) su nana fue la sombra que la acompañó toda su vida. 

Años más tarde, internaron a Gaby en un Centro de Rehabilitación en Estados Unidos, al cuidado de sus tíos Otto y Betty Modley. 

Fue su tío Otto, durante su estancia en San Francisco (California), quien comenzó a probar que ella, a los 7 años, usara una máquina de escribir puesta a los pies de su silla de ruedas.

“Aparte de escribir a máquina, tejo y pinto con el pie izquierdo es por eso que lo llamo mi pie-boca”,

dice Gaby en su libro.

En el Hospital Inglés de Baltimore sus tíos la anotaron en un curso de terapia ocupacional para que aprendiera a usar su dedo para poner en marcha su máquina de escribir eléctrica. Cuando se encendió con su ruido mecánico y chirrión, se abrió un mundo debajo de sus pies. 

Ya con esta habilidad, la primaria la cursó en el Centro de Rehabilitación de Mariano Escobedo, la secundaria en la Escuela 68 en Tlacopac (San Ángel) y el bachillerato en la Preparatoria 6 de Coyoacán. 

En los años 60’ a Gaby Brimmer y su familia les pasaba lo mismo que a millones de mexicanos con discapacidad hoy, décadas más tarde. “No crean que fue fácil, me costó mucho trabajo que me aceptaran. No me quisieron hacer los exámenes finales con todo y que era una alumna regular de primaria porque no había la seguridad de que fuera yo la que realmente contestaba. Y ahí la tienen a Florencia subiendo y bajando escaleras con mi silla de ruedas en la SEP”, dice en otro de los capítulos de su libro Gaby. 

Empezó a descubrir su habilidad para escribir poemas, o textos cortos de 4 o 5 cuartillas que Florencia cuidadosamente acomodaba a sus pies en la máquina de escribir. 

“Escribo poemas. En ellos saco mi coraje, desfogo mi rebeldía. Ser rebelde no es nada fácil cuando uno depende de casi todo de los demás, sin embargo yo me declaro abiertamente rebelde”, dice la propia Gaby en el libro que Elena Poniatowska que ayudó a terminar sobre su vida. 

Quisiera que ustedes comprendieran
Que soy como los demás,
Un magma de amores, pasiones, enojos, deseos,
Defectos y cualidades
Que anhela encontrar paz.
No pretendo que me alaben
Ni sentirme más, 
Sólo quiero que escuchen
Lo que puedo dar
Y después retirarme
A la playa, al mar
Y a la sombra necia y fiel
De mi soledad. 

“Nada menos paralizado que el cerebro de Gaby, nada más asombroso, por ejemplo, en su memoria”, dice la propia Elena sobre esa experiencia de una biografía ‘a dos voces’. 

De 1971 a 1972, cursó tres semestres de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. En 1974 estudió Periodismo durante tres semestres. 

Las letras que salen de su dedo gordo del pie fueron su camino amarillo, su barca en un río lleno de rápidos y obstáculos. 

Y su perseverancia: ella convenció por meses y años a Elena Poniatowska para que le ayudara en la edición de su diario personal para que se convirtiera en un libro. 

El libro que Elena Poniatowska le ayudó a publicar la animó a editar más obras con su firma, sobre todo libros de poemas: 

Yo no sé caminar
Sé volar. 
Yo no sé hablar
Sé escuchar
La música
Y las palabras
De Joan Manuel Serrat.
Yo no sabré subir, 
Sé escalar,
Y no sabré andar
Pero me sé sentar
A contemplar 
Una puesta de sol
En la montaña
Y en el mar.
Yo no sabré ver
Pero sí mirar
Los ojos dulces
De mi  perra
Que pueden hablar.

El libro biográfico de Gaby Brimmer fue un éxito. Muchas personas y familiares de personas con discapacidad la buscaban para hablar y compartir sus experiencias, comenzó a dar conferencias, asistir a congresos médicos, a inaugurar actos en centros culturales, a encabezar grupos de apoyo para personas con discapacidad, a apadrinar obras de teatro, a crear centros de lectura y talleres literarios. Un club de fans se formó en torno de ella. Hasta viajó a Cuba, invitada por admiradores.

Fotografía en blanco y negro de tres mujeres en un jardín. Al fondo se ve una mujer mayor que usa falda oscura y suéter blanco, y lleva el brazo derecho levantado sobre su cabeza. Al frente esta una mujer de cabello a los hombros, que tiene la cabeza inclinada, usa un vestido o saco oscuro a media pierna, y enfrente está una joven con parálisis cerebral usuaria de silla de ruedas, tiene la cabeza echada hacia atrás.
La escritora Elena Poniatowska y Gaby Brimmer. (Fotografía de la Fundación Elena Poniatowska Amor).

Luego -con algunas peleas por derechos intelectuales con Poniatowska- la vida de Gaby Brimmer llegó a la pantalla grande (Gaby: una historia verdadera), la primera película  internacional y en inglés de un joven Luis Mandoki (que tenía a un estudiante de cine llamado Alfonso Cuarón como asistente en su primer empleo). Con actores internacionales, el papel de Florencia (a cargo de la argentina Norma Aleandro) fue  nominada al Oscar como actriz secundaria y a dos Golden Globes. 

“Creo que hay que tener una causa por la cual vivir y no simplemente para uno. Yo la tengo y tal vez por eso escribo, deseo decirle al mundo que lucho por mí y por mi gente, o sea por los inválidos, para que los reconozcan como seres pensantes, creativos, en fin, como seres humanos. […] Deseo que se nos den iguales oportunidades para vivir, luchar y ser nosotros. Yo un día me dije: “¿Por qué causa vivo? ¿Para qué lo hago?” Después vinieron mis respuestas: “¿Para la familia? ¡Bah! Ellos no me necesitan; ¿para los amigos? Ellos menos. Luchar para mi gente, los inválidos, ésa sería la causa”, aunque no me sienta bien entre ellos porque no hacen esfuerzos y porque creen que yo salgo adelante gracias a Florencia y no por mí misma. Este pensamiento me obsesiona y me quita mis buenas intenciones.”

Gaby estuvo en contacto con los activistas por los derechos de las personas con discapacidad que en la década de los 70’ estaba en plena ebullición en California (el Movimiento de los Inválidos en San Francisco). Su idea era que los derechos que ellos iban reconquistando en ese país se pudieran replicar en México. 

No lo consiguió y estaba muy sola en esta cruzada. 

“Vivir para uno mismo no tiene chiste, ningún chiste. Por eso decidí que la causa de todos nosotros los inválidos iba a ser mía, que les iba a demostrar a ellos y al mundo lo que se puede hacer. Creo que todo en la vida es como el juego del ajedrez, que si tú no mueves tus piezas nunca te arriesgas ni al bien ni al mal.” 

En 1989, fundó la Asociación para los Derechos de Personas con Alteraciones Motoras (ADEPAM), que da asesoría, servicio médico y psicológico y promueve hasta la actualidad el respeto a los derechos humanos de las personas con discapacidad, así como facilitar su alfabetización y formación a través del Sistema Abierto de Enseñanza.

“Saben, no me siento una persona incapacitada porque he aprendido que cada ser humano tiene límites, problemas consigo mismo y con la sociedad, con la naturaleza y con Dios. Sé porque digo estas cosas, mis amigos puede hacer lo que quieren con sus vidas pero también encuentran obstáculos. Entonces, ¿por qué debo considerarme una persona super-incapacitada sólo porque no puedo hacer las cosas que quiero? Por eso mi vida es una vida normal de alegría, tristeza, agresión, cansancio, depresión a veces. Sí, tienen razón, eterno será el conflicto entre lo que quisiera hacer y mis límites físicos porque mi mente es tan sana que lo olvido”. 

Elena le preguntó mientras escribían su biografía, que haría si su vida fuera ‘normal’: 

Sería piloto aviador, alpinista, médico, pero médico pediatra o sicóloga de niños (los adultos me aburren), tocaría la guitarra, tendría un harem para no se aburrieran de mí ni yo de ellos, adoptaría cinco niños, tendría miedo a ser uno más del rebaño, miedo al enajenamiento humano de cualquier tipo, y miedo al futuro si seguimos tan mal como hasta ahora con ‘el progreso’. ¡Vaya la combinación de piloto aviador, alpinista y médico! Pero si fuera cualquiera de las dos primeras cosas estaría en contacto con la naturaleza. Ser médico sería más bello todavía porque si lo haces con amor puedes ayudar y no destruyes. Pero como esto no me tocó en suerte, seguiré siendo yo. Y yo ¿qué es ser yo? Ahí está la pregunta sin contestar aún.”

Gabriela Raquel Brimmer Dlugacz murió el 3 de enero del 2000, a los 52 años.

«Quiero morir en un día de invierno gris, feo y frío, para no tener tentación de seguir viviendo. Moriré en esa época del año, porque de todo el mundo he recibido frío. Quiero morir en invierno para que los niños hagan sobre mi tumba muñecos de nieve».

El día de su muerte, la vida y el clima la complacieron.

*Los textos en itálicas fueron extraídos del libro Gaby Brimmer, de Gaby Brimmer y Elena Poniatowska. Editorial Grijalbo (1979).

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