Fentanilo y discapacidad: la pandemia silenciosa en Estados Unidos

En unas pocas semanas, Tracey McCann vio cómo los moretones a los que estaba acostumbrada por inyectarse fentanilo comenzaron a endurecerse hasta formar una especie de armadura de costras y tejido ennegrecido; había algo dentro de sus dosis que le causaba a ella y a otros consumidores dolorosas heridas en piernas y brazos que, eventualmente, terminan en amputaciones.

“Tranq” o “droga zombie” son los nombres que en las calles recibe la xilacina, un tranquilizante de uso veterinario que recientemente se ha usado para aumentar la producción ilegal de fentanilo, lo que hace su impacto más devastador, de acuerdo con un reportaje del New York Times

“Me levantaba en las mañanas llorando porque mis brazos se estaban muriendo”,

dijo McCann, de 39 años, habitante de Kensington, Filadelfia, considerado uno de los vecindarios más afectados por el consumo de drogas. 

El uso de xilacina causa heridas que inician con una costra escamosa de tejido muerto, si no se trata, puede causar amputación; debido a que es un sedante y no un opioide, resiste los tratamientos estándares para tratar las sobredosis, explicó el diario estadounidense.

A sus 27 años, en 2009 McCann desarrolló una dependencia a los analgésicos, luego de un choque automovilístico; en una de las rehabilitaciones que ha tenido, un novio la introdujo a la heroína. 

En julio pasado, McCann fue desalojada de su cuarto en Kensington. Antes de su adicción, pesaba 150 libras, ahora rondaba las 90 libras; luego de dormir en las calles, de que una persona a lado suyo fuera baleada y de sufrir un intento de violación, decidió que había dos caminos: o hacía otro esfuerzo por rehabilitarse o se inyectaría para causarse una sobredosis. 

Ahora, en su quinto mes de sobriedad, tiene un peso más sano. Las marcas en sus brazos le recuerdan lo cerca que estuvo de perderlos por las heridas del “tranq”.

La llegada de la xilacina a las calles es devastadora, de acuerdo con datos recientes de análisis de un laboratorio de Filadelfia, más del 90 por ciento de las dosis de fentanilo estudiadas dieron positivo a la sustancia. 

Caja de Fentanilo con 5 ampolletas de vidrio con líquido trasparente.

El reportaje fecha en 2018 el comienzo del uso masivo de “tranq” en Kensington, desde donde se ha extendido a otras partes del país.

“Es demasiado tarde para Fili (Filadelfia)”, dijo Shawn Westfahl, un trabajador social del Prevention Point Philadelphia, una organización que trabaja desde hace más de 30 años en Kensington.

“El suministro de Fili está saturado, si otros lugares en el país están en la posibilidad de evitarlo, necesitan escuchar nuestra historia”,

continuó Westfahl.

Un estudio publicado en junio de 2022 detectó la presencia de xilacina en las drogas de 36 estados y del Distrito de Columbia, la capital estadounidense. En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, se encontró en el 25 por ciento de las muestras analizadas, aunque los oficiales de salud dicen que la presencia es mucho mayor. 

Para noviembre, la Food and Drug Administration (FDA) publicó una alerta sobre la xilacina, aunque la sustancia no está sujeta a controles sanitarios y, por lo tanto, tampoco a monitoreos estrictos.  

La xilacina, precisa el reportaje, está en un área gris en términos legales. Fue aprobada hace 50 años por la FDA como un analgésico prescrito para uso veterinario; recientemente en Florida se le declaró sustancia controlada, una medida que solo persiste en aquel estado, lo que permite que su tráfico y comercialización no esté en el radar de las autoridades. 

Qué tan presente está el “tranq” en las calles es desconocido, ni los hospitales ni los médicos hacen controles rutinarios para detectarlo entre los consumidores. 

“Algunos epidemiólogos creen que durante la pandemia, botellas de xilacina doméstica se compraron en línea con una prescripción veterinaria o desviadas de cadenas de suministros veterinarios, se hicieron populares como un relleno opioide barato y fácil”,

continúa el texto.

Algunos pugnan por minimizar el daño, llaman a crear sitios de supervisión de inyecciones y donde además de que haya condiciones seguras se pida que las drogas sean probadas. En Nueva York hay dos centros donde en 10 minutos la gente puede saber si sus drogas tienen xilacina. 

Aunque más barata, la droga parece generar mayor dependencia y la necesidad de dosis más frecuentemente.Ls médicos se sorprenden de cómo la xilacina causa heridas tan extremas que inicialmente parecen quemaduras químicas que no aparecen en los sitios donde se hacen las inyecciones, sino en antebrazos y espinillas. 

Un obstáculo para la atención de las consecuencias del uso de “tranq”, y que aumenta el riesgo de amputaciones, es que las personas se sienten avergonzadas por sus heridas.

“Esta vergüenza puede ser perpetuada por trabajadores de la salud, quienes podrían descartar los dolores de los pacientes como un comportamiento típico de quienes buscan alguna droga”, abundó el reportaje. 

Brooke Peder, una tatuadora de 38 años, usa una silla de ruedas para desplazarse, después de que el año pasado perdiera una pierna por una infección causada por una herida tras el uso de xilacina. Peder ha pasado más tiempo de su vida como consumidora que sobria, pues desde los 13 años consume drogas. Su madre, su hermana y su esposa murieron de sobredosis; ahora tiene en el brazo heridas que le han dejado los tendones expuestos, para aguantar el dolor se inyecta más “tranq” varias veces al día, en el mismo sitio, temerosa de que pueda haber nuevas heridas.

Por Redacción Yo También

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