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El amor hace vivir

Rosario Avilés

La historia de María de Jesús Avilés Insunza.

Por Rosario Avilés, con la colaboración de Fala, Mariquita y Teté Avilés

Voy a contar la historia de una tía mía, hermana de mi papá. Estoy hablando de una familia que vivió en un pequeño pueblo de Sinaloa, La Brecha, municipio de Guasave, muy cerca del mar, pero con una base económica más bien agrícola.

La familia materna de mi papá vivió en este pueblo por generaciones. Mi abuelo, Manuel Avilés, se casó con mi abuela, María Insunza, que también era prima lejana suya, y vivieron siempre en la casa de La Brecha. Mi abuelo era sumamente emprendedor, estudió Química en el Colegio Rosales de Culiacán y se dedicó a la industria de alimentos enlatados, aunque solía viajar mucho para vender y buscar nuevos negocios.

Tuvieron 6 hijos y en 1919 nació la última, María de Jesús, una chiquita con síndrome de Down que tuvo la fortuna de vivir 64 años, lo que, según dicen, son muchos pues no suelen vivir tantos.

Por desgracia, justo cuando nació María de Jesús mi abuela tuvo complicaciones con el parto y murió. Para mi abuelo fue una enorme tristeza porque la amaba mucho. A pesar de su viudez, Don Manuel se quedó a vivir en la casa que fue de su suegro, Don Tirso Insunza, porque ahí vivían sus cuñadas, quienes cuidaron de sus hijos como si fueran propios y al cabo de unos años, contrajo matrimonio con la menor de las hermanas de mi abuela, Refugio (mamá Cuca, le decían todos), quien fue, efectivamente una mamá para los hijos de su hermana mayor.

María de Jesús fue una niña muy querida por todos, en especial por mi abuelo y las tías. Mi abuelo siempre compartió la cabecera de la mesa con esta hija que fuera el último legado de “su Mary”, y a quien no sólo mimaba mucho, sino que le enseñó a hablar un poco de francés pues era una lengua que dominaba y mucha de su biblioteca estaba en ese idioma.

María de Jesús creció en un ambiente de enorme cariño. Aprendió muchas cosas y tenía muy claras sus responsabilidades dentro de la casa. Una de ellas era poner la mesa para comer y lo hacía con una gran perfección, poniendo los cubiertos con toda propiedad y platos y copas como era lo correcto. La mesa era grande, para 18 personas, pero no importaba cuántos comensales hubiera a la mesa, ella siempre compartió la cabecera con papá Manuel.

También amaba convivir con la gente. A casa de mi abuelo iban muchos vecinos y conocidos de fuera a visitar, a comer, a cenar, a hacer tertulias y María de Jesús los atendía con toda propiedad: les daba café y galletas, conversaba, reía. Jamás se sintió excluida.

Entre las anécdotas que se recuerdan de ella hay algunas de mucho ingenio. Por ejemplo, en una ocasión, estaban las tías haciendo remembranzas y recordando el nacimiento de cada uno de sus queridos sobrinos (hermanos de María de Jesús).

De repente, ella las interrumpe y les pregunta:

  • «¿Por qué no platican del día que nací yo?»
  • ¡Ay, hija!, le responde Cuca, ¡fue un día tan triste…!
  • Sí, muy triste, muy triste. ¡Pero no te hubieras casado con mi papá!, respondió María de Jesús.

Era muy trabajadora, se tomaba en serio sus labores, pero también le gustaba jugar y hacer una que otra travesura. Si Cuca la regañaba, le respondía: “Ah, tú tienes marido con qué entretenerte…, ¿y yo qué?”.

En realidad, ella fue una niña grande. Tenía una psicología de niña de 10 o 12 años. Muy ingenua en muchas cosas, pero con ciertos rasgos de púber.

Yo la conocí pero no conviví mucho con ella porque estábamos muy lejos, nosotros siempre vivimos en el Distrito Federal. Sin embargo, recuerdo una Navidad en Sinaloa. Habíamos invitado a un viejo profesor de mi papá a pasar la fecha con nosotros, aprovechando que todos estábamos por allá. A la hora de bailar todas las primas, muchas de nosotras apenas púberes, invitamos a María de Jesús a bailar también, pero ella dijo:

“¡Pero quiero que me saque a bailar el Profesor!”.

Cuando murió su papá, se le veía llorosa y, al mismo tiempo, muy contenta porque había muchas visitas. Mamá Cuca y otras señoras estaban tristes, María de Jesús se acercó a consolarlas y les dijo «ya no lloren, les voy a conseguir un gringo viejo a cada una, para que tengan media docena de hijos”. Era costumbre en aquellos años que las mujeres viudas se casaban después con americanos jubilados o pensionados de guerra y a ella le pareció que esa era una buena forma de darles consuelo.

Una de las amigas de las tías tenía un hijo con discapacidad. A veces lo llevaban a la casa y María de Jesús lo tomaba del brazo. Volteaba a ver a todos y decía: “¡Qué pareja!, ¿no?”

Su hermana Armida tenía la farmacia del pueblo, que había sido la botica de la tía Fala, la médico de la región que, aunque no estudió medicina, sabía mucho y se aplicaba en ayudar a los habitantes de La Brecha donde no hubo consultorio médico hasta mucho tiempo después. La Tía Fala fue la partera y la enfermera y médico de todos ellos.

Ya con médico en el pueblo, la tía Armida siguió con la tradición de la farmacia. Por esta razón, a María de Jesús le gustaban mucho las medicinas. Un día, mientras barría, se encontró una pastilla y se la llevó a la boca sin saber que era para blanquear ropa.

Inmediatamente llamaron al doctor para que le lavara el estómago.

Cuando ya se iba el doctor, le dijo «Ay María, si esto funcionara, hasta yo me tomaba una para ser más blanquito”.

La casa de mis abuelos está enfrente de la Iglesia y ella era la primera que llegaba al rosario de la tarde. También era la primera en anotarse para la confesión y «confesaba» los pecados de toda la familia. Ya cuando se acercaban las tías al confesionario, el padre les decía «ya vino María de Jesús y las acusó»

Mamá Cuca le decía:

  • Ay hija, yo le pido a Dios que me permita mandarte por delante, para morirme tranquila”.

María de Jesús le contestaba:

  • » Tú muérete a gusto, que yo aquí me quedo «.

Al fin, Mamá Cuca murió antes y María de Jesús se fue a vivir con Armida a Culiacán. Ahí falleció, a los 64 años, rodeada de mucho amor y siempre con su gran ingenio y su carácter alegre y cariñoso.

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