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Asistencia sexual para personas con discapacidad, un servicio necesario pero ‘clandestino’ en México

Pareja con discapacidad motriz recostados sobre la cama.

Esa realidad pone en riesgo tanto a quienes recurren a la asistencia sexual como a los y las especialistas que prestan el servicio.

La primera experiencia sexual de Nadia Torres fue a través un servicio especializado para que quienes viven con una discapacidad puedan ejercer su sexualidad con consentimiento, información y prácticas respetuosas.

La asistencia sexual es el centro del reportaje “Tus manos, mis manos: la sexualidad de las personas con discapacidad”, publicado en Gatopardo y en el que Nadia, especialistas y usuarios de este servicio compartieron sus experiencias.

Para Nadia, usuaria de silla de ruedas debido a que nació con espina bífida, la asistencia sexual significó una suerte del fin de la ‘infantilización’ que viven quienes, como ella, son alimentados, cuidados, apoyados en cada movimiento sin mayor posibilidad de independencia.

“Nunca antes me habían dicho que tenía permiso de tocar y explorar mi cuerpo o de ser acariciada. No fue hasta hace tres años, cuando alguien me enseñó a tocar mi cuerpo, que descubrí que existía el placer y partes de mí que no conocía. Fue hasta entonces que alguien tocó mi cuerpo por primera vez sin asco o lástima”, contó en el reportaje.

Aunque el ejercicio de la sexualidad es un derecho, la asistencia sexual no está regulada en México, lo que hace que la práctica se realice en la clandestinidad, una realidad que pone en riesgo tanto a quienes recurren a ella como a los y las especialistas que prestan el servicio.

Cuando Roxana Pacheco tuvo un accidente laboral que la dejó sin posibilidad de mover las piernas, su médico le dijo que se olvidara de su vida sexual para enfocarse en su rehabilitación.

“Las personas con discapacidad somos vistas como seres asexuados, angelicales, incapaces de sentir placer o disfrutar nuestro cuerpo. Nadie ve este enfoque que podría darnos la rehabilitación sexual, porque nuestros genitales desaparecen de los programas de salud, piensan que, como adquirimos una discapacidad, no tenemos derecho a disfrutar”, dijo la también directora del Instituto Mexicano de Sexualidad en la Discapacidad.

Prestar las manos para que una persona con discapacidad (pcd) explore su cuerpo, ayudar a parejas con discapacidad para que tengan relaciones sexuales o donde directamente quien asiste tenga experiencias íntimas con las pcd, son las tres formas de asistencia sexual, de acuerdo con Pacheco.

La especialista afirma que aunque hay quienes equiparan la asistencia sexual con la prostitución, en la primera no hay trata; al contrario hay información y consentimiento mutuo.

El reportaje apunta que un parteaguas fue el documental Yes, we fuck de 2015, donde los realizadores pusieron el lente sobre la sexualidad desde la discapacidad.

A partir de ver el documental, Verónica Carmona decidió dedicarse a la asistencia sexual.

“Aprendí que es una especie de vocación, porque nadie te enseña a hacerlo. Lo haces porque tienes interés en ayudar a las demás personas a disfrutar su cuerpo, pero es muy difícil. Por ejemplo, tienes que tener mucha fuerza, como la de un camillero, porque los ayudas a levantarse, acomodarse y mover su cuerpo. 

“Muchos también tienen problemas de higiene, por su condición, y antes de iniciar la actividad sexual, los asistimos para bañarlos o limpiarlos.

“La primera vez que practiqué la asistencia sexual terminé llorando. Me rompí. No te imaginas la vulnerabilidad con la que viven las personas que tienen alguna discapacidad hasta que estás frente a ellas. Tienen muchas dudas sobre su cuerpo, porque nunca nadie las tocó antes con cariño o ternura”,

relató Carmona en el reportaje. 

Derecho sin regulación en México

El texto señala que mientras la Organización Mundial de la Salud reconoce que además de enfrentar discriminación y estigma, las personas con discapacidad ven mermados sus derechos al tener poco o nulo acceso a servicios de salud sexual y reproductiva.

A pesar de ello, y de que la sexualidad es un aspecto del bienestar, la asistencia sexual se encuentra todavía lejos de ser una práctica reconocida, regulada y, por tanto, accesible para la colectividad.

En países como Australia, Dinamarca y Suiza -el primer país en donde la asistencia sexual fue reconocida de forma oficial- hay “programas especializados para profesionalizar a las y los asistentes sexuales e incluso determinan a cuántas sesiones debe acceder una persona cada mes”.

Así, los profesionales en asistencia sexual se forman en sensualidad, erotismo, descubrimiento de la sexualidad, posiciones dependiendo de la discapacidad y cursos de psicología.

En México, en cambio, “aquellos que se dedican a la asistencia sexual lo hacen por debajo del agua, pues en algunos países, como el nuestro, no existe reconocimiento ni regulación al respecto”, y se vive con el estigma de dedicarse a algo similar a la prostitución, apunta el reportaje.

La falta de regulación impacta también en la calidad del servicio pues en algunos lugares como Estados Unidos, esta práctica está reconocida como modelo terapéutico, lo que vuelve una necesidad que quienes la practican tengan formación universitaria en el área de la salud, de acuerdo con Irene Torices, directora del Grupo Educativo Interdisciplinario en Sexualidad Humana y Atención a Discapacidad.

Al tratarse de algo “clandestino”, la asistencia sexual también conlleva riesgos de seguridad.

Verónica, por ejemplo, llegó una vez a la casa de alguien que no tenía ninguna discapacidad.

“Sintió mucho miedo y tuvo que decirle que había alguien afuera esperándola para que la dejara salir”, se lee en el reportaje. 

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