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37 Segundos de entendimiento

Susana Moscatel

Una película que narra la historia de una ilustradora japonesa con parálisis cerebral que logra cambiarnos la manera de ver la discapacidad con tan solo transitar su realidad tan compleja como reveladora.

Reseñar cintas suele ser un acto natural para alguien que se dedica a lo que quien les escribe. Lo he hecho por más de 25 años y debo confesar que hay veces que ya no quiero saber de un solo superhéroe, romance imposible o incluso fantasía de ficción más. ¿Qué queda por decir? Por supuesto que hay temas que conmueven y que nos llevan a distintos planos, pero para poder hablar de ello hay que ser valiente. Como audiencia. 

Y con valor no me refiero a un acto ni remotamente heroico, simplemente se trata de estar dispuestos a salir de nuestro universo de confort y abrirnos para poder vivir experiencias que son, aunque no deberían, tan ajenas a lo que creemos normal.

Cuando mis amigas que llevan a cabo este extraordinario trabajo en Yo También me invitaron a ver la cinta (en Netflix por cierto) no hay pretexto para no encontrarla, llamada 37 Segundos, no dudé ni por un segundo en decir que sí. 

Y luego me detuve por un momento. Esto no es un texto para decirles qué película debe ganar un premio o cuál realmente cumple con todos los objetivos del entretenimiento. 

Esta es una cinta que nos hace entender realidades, anhelos, deseos y retos que muchos de nosotros ni siquiera podríamos imaginar.

Sin embargo, esta cinta japonesa es protagonizada por Mey Kayama, quien también como su personaje, vive con parálisis cerebral. Mey interpreta a Yuma, quien narra precisamente esos 37 segundos en los que no pudo respirar al nacer y por los que vive en una silla de ruedas

Pero como expresa claramente al tratar de hacer realidad su sueño, “eso no me impide dibujar”. Y vaya que no. Los sueños de Yuma son los que cualquier niña con un enorme talento podría tener. Y algunos de los obstáculos también. Sin embargo, descubre pronto que más allá del talento y la disciplina con la que ya cuenta para crear grandes historias e ilustraciones de Manga, acepta que debe tener experiencias para poder expresar sensualidad, intimidad e incluso libertad para sus personajes.

Ahí emprende una travesía hermosa que, debo decirles, me hace olvidar a ratos el gran obstáculo que Yuma enfrenta. 

Eso, si el gran obstáculo fuera realmente la consecuencia de esos 37 segundos al nacer. Pero no. Son las demás personas, algunas bien intencionadas pero sobreprotectoras como su madre, o quienes abusan de su talento pero la tienen en las sombras, un asomo a la cultura influencer que también exacerba las expectativas de una “perfección” absolutamente inexistente en esta sociedad.

La belleza de esta cinta es que tanto actriz como personaje van por la vida precisamente con naturalidad y pasión por lo que hacen. No permiten que los temores o abusos de los demás las definan. Encuentran aliados en los lugares menos esperados y al final del día, no les contaré el final, pero les puedo decir que uno sale cambiado de ver la película.

Muchas veces no queremos ver las cosas que nos incomodan. 

Nos perdemos de mundos extraordinarios por ello. 

Por no incluir esa mirada de maravilla que nos regala Mey al interpretar a Yuma. No ver esta película es cerrar los ojos. Después de hacerlo, no querrán dejar de ver al mundo en su máxima expresión.

Por cierto, la cinta es muy divertida. Y muy emotiva. Y sí, con momentos difíciles. 

Así que no veo razón alguna por la cual no podríamos identificarnos todos, de alguna manera y otra con esta aventura. Y de paso, dejar de pensar en el tema de la “inclusión” como un tema de agenda social. 

Es la historia de una heroína como muchas de las que nunca se habla de esta manera, y agradezco profundamente que aquí sí se haya hecho de manera tan conmovedora.

Por Susana Moscatel, especialista de cine y espectáculos. Escribe en Milenio y Opinión 51.

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